jueves, 29 de septiembre de 2022

Amigo amado

Van muchísimas madrugadas en las que él se despierta repentinamente… Suele ser entre las dos y tres de la mañana. Lo veo pálido, con unas ojeras bastante evidentes y la mirada vidriosa. Él me lo ha tratado de describir de manera bastante detallada, y yo hago mi lectura de la situación. Infiero que, en esos instantes, emerge una angustia enorme, danza desordenada de sensaciones agobiantes, festín acalorado que mece con vertiginosidad el estómago. Luego, sin irse de él, se va apoderando de todo el espacio que lo circunda… Es una mancha rojiza que va acaparando la habitación. Es que me ha repetido tanto su sentir, su malestar, que prácticamente pareciera que yo lo siento igual. Pero no. Es él, no yo. Yo solo lo acompaño por momentos y tal vez las vigilias nocturnas en que hemos compartido han sido pocas. Pese a ello, nos mantenemos muy unidos y casi todo el tiempo estamos pendientes el uno del otro, pero siento que hay una descompensación en esta interacción… Él no parece preocuparse mucho por mí. Creo.

Hemos reñido muchas veces y sé que el odio recíproco también ha franqueado nuestro camino en diferentes momentos. Yo he tenido paciencia, pero es complejo.

Creo que la comunicación entre ambos ha sido difusa, que él no me ha escuchado muchas veces, pero también sé que sufre por ello y se ha lamentado tantas veces que ni le llevo la cuenta. He evitado echárselo en cara, si lo hago quizá lo atribularía aún más de lo que veo que ya está… De lo abrumado que ha estado durante toda su vida.

En otros tiempos, logré rescatarlo de situaciones donde sus tribulaciones hubieran sido trivialidades al lado de los enormes errores que estaba por cometer. Tal vez él lo reconozca, pero con una sutileza tan fina que, si yo no le conociera, pensaría que es un soberbio desagradecido.

Soy un gran amigo, él lo sabe, de eso estoy seguro. También, a pesar de ese odio al que me referí, creo que lo amo con una fuerza enorme. Sí, eso es amor, amor gigante por un amigo, por un fraterno con el cual hemos compartido casi toda una vida.

…

Han pasado por lo menos tres meses desde que escribí las líneas anteriores. Es tan fuerte la conexión con este fraterno mío que hace unos pocos días, en una de esas tantas madrugadas, lo sentí despertar de sobresalto, habitual rutina. Sentí su angustia gigante de una manera vívida, como si me estuviera pasando a mí: el monstruo creciendo otra vez, atiborrando el espacio y él, aturdido, intentando agazaparse en otras ideas que no le perturben… Ni siquiera me ha contado qué es lo que piensa, pero ya me he dado cuenta qué le ocurre… Estoy fuertemente agobiado y ha emergido, en mí, una enorme compasión por él, mi fraterno…

Esa madrugada que relato, me levanté de la cama, seguí pensando en él, en sus tensiones, en su angustia, en sus tribulaciones… En sus errores de toda la vida, en su necedad. Me dio rabia… Pero la compasión gigante arrasó con ese sentimiento. Estoy fuertemente conmovido por él.

Comencé a buscarlo por toda la casa, pero no lo veía. Al parecer había salido, hasta que lo encontré, mirándome de frente, al otro lado del espejo.

martes, 27 de septiembre de 2022

Era amargura (de julio 27-2018)

Esos días, con el año a punto de cerrar, no la estaba pasando nada bien; la convalecencia había llegado de manera sorpresiva, y parecía inquilina de largo aliento; se hallaba desorientado, no lograba distinguir, por momentos, la realidad frente a esa ficción que se tejía en sus elucubraciones; en las vigilias nocturnas, causadas por los cuadros de dolor; en los sueños que lograba arañar cuando la leve tregua del descanso lo arrullaba.

Estaba paranoico y malhumorado; no dejaba de ir al pasado y, por gusto —o masoquismo— lo ponía en contraste con el presente; se reprochaba, luego también se felicitaba, y así se la pasaba durante varios lapsos: vaivén de sensaciones, y de sentimientos.

Le gustaba releer las misivas de otros días, que alguna vez creyó gratos y felices, pero que luego se transformaron en sombras funestas de la desesperación y el desconsuelo. Se reencontraba con sí mismo, y se reinventaba también; se hacía añicos y volvía a componerse; se debilitaba y luego se fortalecía. Esos bríos, ese ímpetu, lo llenaban de una confianza sorda que llegaba a los dinteles de la soberbia, de una altivez cuya frialdad le refrescaba y le permitía, irónicamente, ver el presente con una claridad momentánea, temporal, porque los estados febriles regresaban y menguaban los arrestos adquiridos para superar las dolencias del alma.

Desolado, así estaba, así se sentía. Quienes juraron acompañarle en su enfermedad no aparecían, y solo las lisonjas y la zalamería eran las atenciones recibidas por esas personas. Promesas, pretextos, palabras bonitas. “Paja, pura paja”, murmuraba, desesperado y resentido.

Solamente una persona lo acompañó, con enorme atención y preocupación, durante el proceso. La que menos creía, la que no podía imaginar allí, en ese vertiginoso viaje, el que él desconocía entonces.

El 14 (de julio 29-2018)

 Tenía dos opciones para llegar al colegio: el bus 14 o el 16; usé el segundo durante toda la primaria; mientras este pasaba por Bolívar —en frente de la casa—, el otro subía por la calle 81; ambos vehículos eran unos clásicos para la época y, como niño, siempre era deslumbrante cuando, por alguna razón que desconocíamos, nos cambiaban el transporte y aparecía otro modelo diferente.

Don Guillermo era el chofer nuestro; no era, simplemente, el operario de esa mole de latas, tuercas, tornillos, líquidos, madera y cuero. Para mí era como ese protector, “un papá” durante la media hora que duraba —aproximadamente— el recorrido. Aún recuerdo sus facciones: algo robusto, con sus gafas y bigote, y una manera respetuosa —pero descomplicada— para expresarse; era alguien con sentido del humor, con frases algo poéticas y refranes muy ajustados para cada momento; ahí deduje, más bien estimaciones mías, que gustaba de la música bohemia y tal vez de los etílicos en sus tiempos libres.

El bus de don Guillermo era un Dodge D-600, tal vez modelo 1970, y el 14 era un Ford B-series de 1961, conducido por don Leonardo, otro personaje cuya amabilidad se evidenciaba en el mero saludo; también se evidenciaba en él un talante cálido y cordial. Recuerdo su cabello casi rojizo, ensortijado, peinado de lado y fijado con algún gel; sus camisas de señor, con pantalón de paño y mocasines; la piel blanca, que parecía más rojiza; de alguna manera evocaba a una especie de “señor de cantina tanguera”, hasta con rasgos extranjeros, narizón y ojos con ojeras; siempre sonriente. Una vez viajé en su ruta, porque perdí el 16 a causa de un pequeño motín en el que estuve casi una semana sin ir a estudiar (no quería volver al colegio)... Pero esa es otra historia.

A finales de 1996 se nos notificó que el colegio no contrataría más los servicios de los siete buses que habían transportado durante varios años a la mayoría de los estudiantes. ¿La razón? No la supimos, y la mayoría lamentamos con tristeza el enterarnos que para el año siguiente nuestro chofer no sería don Guillermo. Especulábamos, parecía que don Javier, el líder de todas las rutas, había tenido diferencias con las dueñas y administradoras de la institución, aunque esas son elucubraciones, y con más de veinte años transcurridos tal vez tenga poco sentido averiguar sobre el tema. Creíamos que podíamos hacer algo para remediar la situación, para que don Guillermo no se fuera; imaginábamos alguna forma de conspiración y alegábamos injusticia.

En 1997 lo advertido ocurrió; llegó otro bus diferente; el primer día era una “piragua” (Ford f-600) “reciclada”, y le digo así porque la recuerdo de mis primeros años en el colegio; ese bus fue el 17, y tenía varias particularidades, una de ellas, bien especial, era que contaba con una puerta para pasajeros —de dos alas— ubicada justo al lado del asiento del conductor; la otra era su marcado estado de desgaste, pues había algunos orificios en el suelo que permitían observar el pavimento y una silletería desvencijada. Siempre me causó simpatía ese vehículo y, en el momento en que funcionó como ruta para nosotros ya la denominación no era con números; era el “V”; ya no tenía aquellas aberturas en el piso y las sillas eran reclinables y más cómodas, además de tener cortinas en las ventanas; aun así pude reconocer el bus y me alegré. Sin embargo, días después el vehículo cambió por otro del mismo modelo. Hubo rotación de choferes, hasta que designaron a un señor llamado Ignacio, quien era tosco y soez en sus palabras, pero, finalmente, una persona amable; simplemente su estilo era más rústico para lo que estábamos acostumbrados. Fue el conductor de todo el año.

Recuerdo que don Leonardo sí continuó con el 14 —y el mismo Ford 1961— más nunca supe qué letra designaron a su recorrido. Me alegró saber que seguía en el colegio. Ya finalizado 1997 también terminaba mi ciclo de primaria, y por ello mi rumbo académico se dirigió a otra institución. Como aún vivía en el mismo barrio, podía observar las rutas transitando por la 81 y la 51; no me desconecté totalmente de las cotidianidades ocurridas en el colegio, lo que me permitió enterarme de algunas noticias relacionadas. Alguna tarde, leyendo prensa, me enteré del vil y triste asesinato de don Leonardo, en la zona de Manrique, mientras transportaba a algunos estudiantes. Nunca supe por qué ocurrió esa situación lamentable. En esa misma época me contaron que don Javier, don Guillermo y don Leonardo eran hermanos... Los hermanos Alzate. Ya don Guillermo trabajaba como conductor de bus para otro colegio y, una vez lo vi, subía por la 81; junto con mi mamá lo detuvimos para saludarlo y le expresamos nuestras condolencias.

Una mañana sabatina me hallaba paseando por San Pedro, y en un parqueadero de la periferia municipal avisté al 14. Estaba abandonado, en un lugar que yo, de inmediato, sentí y pensé que no le correspondía.»

(De marzo 7-2008)

 La realidad infranqueable se posó esta noche en mi cuarto… El ave negra y oscura del final batió sus alas y detuvo su vuelo en mis lares. Ya es tarde para lamentar; de un idilio otrora sublime e inimaginable, quedan ruinas, cenizas que el viento del olvido se llevará. Tus lágrimas no enjugaré más, tus sonrisas no serán de mi expectación; ya tu mano no voy a tomar… Aquella plaza donde juntos compartimos tantas cosas permanecerá; la banqueta esa, los árboles, los borrachos, los viciosos, los niños jugando y cualquiera de los transeúntes de allí, alguna vez testigos de este sentir, continuarán sus vidas. La banqueta será ocupada muchas veces más, una pareja de enamorados en ella se besará, un borracho resentido —pero finalmente resignado— en ella se sentará, el vagabundo incomprendido allí a su sueño insatisfecho placerá por pocos instantes… Todo seguirá igual.

El viento del olvido eliminará esa toxina que entró en mi cuerpo al respirarte, al sentirte en mi piel, penetró hasta los huesos y envenenó mi sangre… Veneno placentero, muerte lenta pero agradable… Alucinando me encontré, paseando en un jardín de flores hermosas, apasionado sin pensar, disfrutando los segundos veloces del reloj indolente, de ese tiempo que no perdona.

Un eco lastimero abarcó todo el lugar… Repetióse en la penumbra y en la luz, rompiendo las barreras de lo bueno y de lo malo, retornando al trasegar… Ya te vas, tranquilo te despido, la sentencia se dictó, quedan pocos segundos, instantes cada vez más tenues, pálidos y sin sentido.

Prometí tomar mis maletas y marcharme en cuanto ocurriera. Así ha de ser, así había sido pactado; ahora solo quiero dejarte la rosa, pálida y perecedera, del sentir que se forjó entre ambos… Quedó debajo de la almohada, sí, esa misma, donde nuestras cabezas se juntaron y soñaron tantas cosas, donde nos inventamos la casa grande con hamacas, con el prado hermoso y la vista hacia las montañas, los niños felices jugando, el perro grande ladrando de alegría… Sí, la almohada del mismo lecho donde tantas veces estrechamos nuestros cuerpos, nuestros sexos, nuestras alegrías y tristezas, nuestras esperanzas, nuestros desfallecimientos… Aún persiste el aire de aquéllos tiempos, aún permanece el aroma de nuestros seres soñando, amando, llorando, retozando… Dejé la alcoba organizada, como tú querías…

Parece que alguien hubiera muerto en la casa, pero no es para tanto… Quiero que conserves la rosa pálida y perecedera hasta que ella se desvanezca con el tiempo que castiga, ese que no perdona y que no tiene miramiento alguno hacia nadie… Quiero compartirte la alegría que ha quedado, la tristeza que llega y a la vez se marcha… Quiero regalarte el último instante antes de tomar mi equipaje y cruzar la puerta grande de la calle, la misma que decoramos juntos esa noche navideña, que cruzamos, felices, tantas veces… Ahora es fría, triste, dura. Es la puerta grande de la salida.»

La buena fama de pasillo (de julio 29-2018)

Un televisor con el volumen alto, en el que estaba sintonizado el canal de las noticias, hacía las veces de banda sonora para la ocasión; a lo lejos se alcanzaba a escuchar el motor de algún avión sobrevolando la zona; quizá era un vuelo comercial, con gente que va y viene, ejecutivos, turistas, etcétera. En la cama estaban recostados los dos jóvenes; ella, aparentemente desentendida; él, disimulando, fingiendo un aire de despreocupación, pero torturado con un martilleo en la cabeza que le repetía “llegó el momento, pero ¿cómo le hago?”. Los demás amigos les habían dejado allí a propósito.

Ambos se gustaban. El calor sofocante del mediodía terminaba por agudizar la tensión; rápidamente, él perdió ese control que creyó tener y comenzó a tantear, pero mientras más lo intentaba, más alejaba las posibilidades. No sabía qué palabras usar para concretar algo que sí imaginaba y, con fuerza, deseaba. Para rematar, comenzó a usar esa mirada de devoción que, para una mente racional, es pura bobería, siempre y cuando se hayan anulado las fantasías novelescas que la televisión supuestamente regala, pero, realmente, luego cobra a muy alto costo.

Ella también imaginaba, pero iba perdiendo la paciencia. “Este sí es muy lento”. Bostezó. Mala señal. Él cayó en cuenta. Más desespero, más titubeos, tanteos que aumentan la distancia. Preguntas tontas para el momento; respuestas abúlicas como justa recompensa. Los dos aún portando el uniforme colegial; él, invadido por un impulso eléctrico que recorría violentamente su cuerpo; ella, inquieta, con un cosquilleo emocionante en las entrañas, expectante “está muy bello, muy hermoso, está muy bueno, pero no se lanza”. 

Dicha y tormento; diversión y martirio; ilusión y desasosiego. El tiempo no se regala ni se subasta en ferias. Se terminó el boletín noticioso de la tarde, y el sonido de una puerta abriéndose refrescó, de forma trágica, a los habitantes temporales de aquella habitación. Él se despidió y tomó rumbo hacia su casa; ella se quedó otro rato con los amigos, mientras les relataba, con desconsuelo —pero también con sorna— la trunca posibilidad de intimidad adolescente. Él, mientras tanto, caminaba por un callejón polvoriento —pero arborizado— que lo conducía a su destino, y se reprochaba la lentitud y cobardía que siempre había reconocido en él. Igual dudaba. “¿Será que sí le gusto?”; “Ella estaba como aburrida”; “¡Pero qué lento!”; “¡Zonzo, torpe!”. Demasiado castigo entonces. Y eso que ni siquiera imaginaba la “buena fama” que tendría a la semana siguiente, adornada exageradamente con los rumores de pasillo que fueron agrandando la bola de nieve en que se convirtió la historia jamás existente entre Ella y Él.

"Bobo grande" (de julio 30-2018)

 Sus reacciones violentas, acompañadas de palabras soeces sorprendían demasiado, pues su actitud solía ser dulce y respetuosa; cariñoso con los allegados y las maestras y abundante en ternura con los animales y las maravillas de la naturaleza; solo que la belicosidad era el resultado inminente tras las constantes acometidas efectuadas por varios de sus compañeros: golpes, bofetones, lanzamiento de líquidos “impuros” (orín humano, entre otros) y burlas verbales asociadas a su apariencia. Era un rubio sietemesino, de estatura monumental para sus nueve años de edad; rubio, y con gafas culo de botella, siempre usaba un pantalón de paño en lugar del convencional jean correspondiente al uniforme escolar. En otras palabras, era un ejemplo de anacronismo, que se terminaba de completar con la correa de cuero de enorme hebilla y los zapatos que parecían de cualquier persona, menos de un niño. Era Felipe Correa, el “bobo grande”.

Julio Ladino, uno de los “abuelos” —así llamaban a aquellos que tenían una edad que superaba, por un par de años, al mínimo requerido para estar en cada grado— era el principal perpetrador de las acciones degradantes contra el compañero mencionado. “Un moreno malicioso y marrullero que fue capaz de contrabandear ron un día de fiestas colegiales”, diría muchos años después, ya septuagenario, en un asilo decadente de la ciudad, John Bolívar, uno de sus compinches en las pilatunas. Ladino se jactaba pues de su habilidad para aprovechar las debilidades ajenas, para asumir que era mejor que los demás, y que le bastaba con solo burlarse de eso que consideraba “defectos” en la gente.

Tal vez Felipe tuvo demasiada paciencia, la cual logró durar unos seis meses, porque, una tarde de marzo, mientras tomaba un refresco, fue aturdido por un golpe seco que alguien asentó sobre su oído derecho, lo que le hizo perder el equilibrio, caer y lesionarse un brazo, pues su amortiguador fue la botella de la bebida que disfrutaba. Varios de los hoy veteranos condiscípulos recuerdan que pudo ponerse de pie rápidamente y que Julio no alcanzó a reaccionar con la misma velocidad para repeler la réplica contundente de Correa, porque la risa, bullosa y triunfalista, nunca le dio tregua a la inteligencia. El trágico desenlace acaparó la atención de los medios en la región; la rudimentaria emisora del pueblo, y los dos incipientes periódicos de la capital, dedicaron espacios prolongados a la historia. El escándalo ocasionó el cierre de la escuela y tuvieron que pasar varios años para que se estableciera una institución encargada de velar por la formación académica de los niños.»

Sinfonía conyugal (de julio 31-2018)

 La reunión había comenzado a las siete de la noche, y ellos ya iban con cincuenta minutos de retraso; él, al volante de su moderno automóvil, parecía preocupado por la demora, por el embotellamiento sin fin que entorpecía el cumplimiento del compromiso; ella, sentada en el asiento del copiloto, lo miraba de reojo, algo agotada, pero también satisfecha; luego volteaba la cabeza para observar el juego de luces infinitas que adornaban la avenida: motos, camiones, buses, convertibles, deportivos, camionetas... Cada uno cumplía con su parte en esa tediosa sinfonía de la rutinaria movilidad en la atiborrada capital; mientras un par de luces fulguraban el color rojizo, contiguamente otro par exhibía el amarillo habitual que indica dinamismo. Era una alternancia de dos colores —y alguno que otro muy inusual para las normas de tránsito, consecuencia de extravagancias particulares—.

A veces él no lograba controlar el hueco que hacía remolinos en su estómago; esa tensión se manifestaba con gotitas cristalinas de sudor que bajaban por su frente, y otras iban bañando, lentamente, sus sienes aún juveniles; aunque la adolescencia era ya un término correspondiente a las anécdotas, todavía no se había convertido un adulto maduro. Ella tampoco.

Se querían, de algún modo. Doce años de una cotidianidad ambigua lo demostraban; viajes, conversaciones, recorridos lentos en las atosigadas vías urbanas y el juego, una y otra vez, de las luces que querían ganarle la guerra a la tiniebla nocturna y, por momentos, parecían lograrlo.
La intimidad aún era un descubrimiento y una fiesta que detonaba cada parte del cuerpo; uno por uno, los sentidos se activaban y la vibración dual parecía demostrar que el tiempo no tenía jurisdicción en esos dos cuerpos. Empero, luego del indescriptible estallido —en el que ambos alcanzaban la cúspide y se convertían en una sola entidad—, el juez del trasegar, embriagado de soberbia, volvía a ocupar el trono sobre esos pobres mortales.

El viaje había durado una hora y cuarto, y al llegar al salón de eventos, varios de los comensales reflejaron rostros de sorpresa; otros continuaban en lo suyo, sin dar mayor importancia a la tardía aparición. Una reunión de puro protocolo, coctel ejecutivo en el cual también participaban algunos personajes de la élite local. Prácticamente todos lo conocían a él; su talento profesional y sus aptitudes para desenvolverse en la vida social lo convertían en un invitado prácticamente indispensable para ese tipo de actividades; por ello los saludos le podían tomar otra hora de su tiempo, durante la cual los temas de conversación eran amplios y diversos: política, economía, sociedad, cultura, arte y también trivialidades de la farándula y la moda; ninguna de esas asignaturas suponía una nota negativa para él; las risas respondían casi de manera automática al fino e inteligente humor que él exponía.

Por otro lado, ella no tenía nada qué envidiarle; su presencia garantizaba porte, elegancia, belleza y sensualidad, a las cuales se imponía una velocidad mental que no hallaba contendor y un carácter que zanjaba cualquier discusión. Era además virtuosa para ganar en materia de argumentos; por ello, los atributos físicos eran apenas la punta del iceberg de esa mujer. Tal vez esas características fungían como hilo conductor invisible de esa pareja, cuya unión en la vida pública, durante la participación en eventos sociales, despertaba la atención general y una admiración enternecida.
Culminada la reunión, él la dejó cerca de casa. Cuarenta y cinco minutos después la llamó al teléfono, para recibir las frugales respuestas a las que ya se había acostumbrado; un libreto memorizado por ambos: la magia había desaparecido. Él, buscando engañar la espiral de su estómago, pernoctaba en la silenciosa habitación, mientras hacía ingentes esfuerzos por reducir la agitada respiración. Ella podría escucharlo y despertar. No era conveniente.

Soliloquio equivocado (de agosto 1-2018)

Mientras se dirigía a paso presuroso con rumbo a la casa de su adorada, Manuel sostenía, en voz alta, un soliloquio en el que anticipaba el desenlace que se avecinaba. “Me puse así, tan elegante, seguramente para que hoy me terminen”. El camino estaba adornado por una especie de túnel arbóreo y por ello, el suelo era un tapete blando de hojas; el invierno estaba llegando, y una brisa leve iba humedeciendo, lentamente, la camisa negra que él llevaba puesta.

Luego de una media hora de recorrido, allí estaba. La puerta metálica, con un verde claro barnizado olía a una amalgama de fierro con pintura asoleada y humedecida por la lluvia. Siempre tenía que golpear con mucha fuerza para que los residentes se enteraran que alguien había llegado; tanta, que el puño terminaba algo lastimado; el metal de la puerta era de ese que retiene los ruidos, por eso el gasto de ímpetu. Aproximadamente un minuto después, ella salió; parecía que recién se había duchado, y él pudo percibir el olor a jabón de baño, mezclado con los aromas de su piel, esa que tanto había contemplado y deseado, pero nunca acariciado o recorrido minuciosamente.

El saludo frugal que ella le brindó fue la primera señal; entraron y lo invitó a sentarse en el sofá de la sala. Así era ella, finalmente. Por esa razón no titubeó demasiado para manifestar las razones que motivaron el encuentro, al que él había sido invitado un par de días atrás, de manera sorpresiva; la llamada telefónica ocurrió en un momento en que Manuel se hallaba sumamente ocupado; ella no solía ubicarlo por ese medio.

“Estoy saliendo con alguien, y esto no está funcionando, nunca funcionó. Debo ser sincera, porque es lo mínimo que mereces”. Escueta, pero contundente. Manuel se quedó en silencio, prácticamente impasible, aunque con una leve estupefacción; quizá era porque de alguna manera presentía ese desenlace, y lo había advertido en su monólogo interior. Agradeció la muestra de sinceridad y, mecánicamente, decidió quedarse un rato; ella le ofreció café, que él bebió en poco tiempo.
Tal vez ella estaba más desencajada que él, porque lo embarcó en una ruta que lo alejaba demasiado del destino requerido, y él tampoco cayó en cuenta, porque seguía rumiando las palabras recibidas; su mente se había convertido en una cajita musical, solo que la tonada era la expresión de una ruptura emocional.

Se había ilusionado tanto. Había hecho esfuerzos ingentes para conquistarla, para hacer de la relación una oportunidad de unión inolvidable para ambos. Soberbia. Crecía lentamente, lo llenaba de un vigor malsano que lo hacía creerse el responsable de la armonía conyugal, algo que ni siquiera existió. Cuando el bus dobló por una calle diferente a la habitual y comenzó a avanzar rápidamente hacia un lugar desolado del centro de la ciudad, él reaccionó, aunque con lentitud.

Tenía por lo menos trece cuadras de diferencia con la zona en que debía quedarse. Era de noche, las once y veinte, y en esa urbe tan parroquial —donde el comercio cierra a las nueve— deambular por allí suponía arriesgar el crédito de la existencia futura y empeñarlo, sin beneficio, a manos de cualquier truhan que se conformaría con las monedas de las más baratas denominaciones, o con alguna prenda que le brindara calor para superar la vigilia hasta el retorno del sol.

Manuel emprendió un paso mucho más veloz que aquel de la tarde, y el soliloquio inicial era el gimoteo afianzado tras haber acertado en su predicción. “Lo que faltaba. Solo y perdido en esta zona de mierda”. Sintió un frío espectral que se hizo inquilino, primero de su corazón, luego comenzó a recorrer su piel y se asentó, de manera cómoda y contundente, en sus huesos. Soberbia y triunfalismo. Decepción. Iba perdiendo la ilusión y creía que era mejor una mente racional si llegara otra mujer a su existencia. ¿Realmente hizo lo suficiente? ¿Lo adecuado? Quería seguir pensando en lo acontecido, pero la sombra de dos sujetos, que iba entorpeciendo el flujo de la luz naranja artificial, acabó de tajo con la frialdad que emergía en su ser y lo impulsó a correr; tropezó con un escalón rústico antes de cruzar una calle que lo acercaba más a su destino. Cayó al suelo estrepitosamente. Tendría que responderle a una urgencia inmediata, más importante que un drama alimentado por su ego.

Condena indescifrable (de agosto 2-2018)

 Jaime despertó sobresaltado. Había tenido otra de esas pesadillas que lo dejaban totalmente descompuesto y entorpecían su desempeño en cualquier actividad por el resto del día. “Menos mal ya son las tres de la tarde, así que la mala racha no será tan larga”, fue el consuelo que se dio a sí mismo. Lo grave de esa situación era que nunca podía recordar qué había soñado, pero el sinsabor era gigantesco e invadía todo su ser y además afectaba la parte física.

Treinta y cuatro años de existencia, y llevaba al menos treinta con ese mal; era de familia acomodada, lo que facilitó la posibilidad de consultar a una diversidad inimaginable de especialistas. Él ya conocía al dedillo los protocolos y hubo épocas en que llegó a sentirse más cómodo en un consultorio que en su casa; no era, precisamente, porque su aquejamiento estuviera siendo superado allí, sino porque de tanto ir y venir había tomado demasiada confianza con respecto a esos espacios. Los esfuerzos por “curarse” duraron hasta sus diecisiete años, cuando decidió no someterse a más tratamientos clínicos.

Vivía cerca del aeropuerto, lo que al menos contribuía a refrescarle un poco; las corrientes de aire eran fuertes en el sector, y la vista del paisaje aliviaba la tensión. Padecer una de esas pesadillas, que no advertía la llegada, era una condena para su trasegar; todo empeoraba, amén de la incertidumbre, pues no había siquiera un rastro ni un residuo en la memoria que le ayudara a recordar alguna parte del suplicio onírico.

Era un hombre demasiado racional, y por eso solo veía la posibilidad de recuperarse en los reinos de la medicina. Empero, no había logrado superar el mal. Algunos vecinos, amantes de la intromisión a la intimidad de los núcleos familiares, llegaron a sugerir soluciones de carácter místico, paranormal, esotérico, y los padres de Jaime llegaron a dudar, titubearon; sin embargo él, en su pragmatismo, en su tozudez, se resistió rotundamente a tales posibilidades. “Si me toca cargar con esta joda de por vida, pues se le hace, porque los médicos no pudieron, y esas vainas de brujos o curas locos son pura carreta”. Así se cerraba la discusión.

Esa rutina, ese ciclo repetitivo, cambió luego de un accidente en el que Jaime casi pierde la vida. Había despertado un jueves, a las cuatro y treinta y cinco de la mañana, asaltado por ese visitante que, pese a ser un viejo conocido, nunca le fue familiar; la resignación y la tristeza eran la antesala de la tradicional sentencia “este día va a ser de mierda”. Ya no pudo dormir más aunque sus compromisos más inmediatos comenzaran a efectuarse desde las diez de la mañana. Fue a prepararse un café, se duchó con agua tibia —intentando hallar tranquilidad— y desayunó de manera precaria: huevo frito con la yema blanda, una tajada de pan integral y otra taza de café.

A las nueve y quince tomó su motocicleta y salió con rumbo a la primera cita pendiente, pero iba tan distraído que pasó de largo un semáforo en rojo y, cuando reaccionó, estaba casi besando la llanta trasera de un camión; no había sentido, ni siquiera, el golpe de un taxi que llegó por el costado derecho, lo desequilibró y lo hizo rodar unos seis metros hasta casi terminar aplastado por el enorme vehículo. Curiosamente, no sufrió fractura alguna, pero su motocicleta quedó averiada. Aturdido y desubicado, comenzó a sacudirse el pantalón y a observar con afán y desespero todo el panorama; rostros borrosos, olor a humo de los carros y sabor a fierro en las papilas gustativas. Comprendió que su mente había estado totalmente en blanco desde que partió de casa, como si hubiera viajado a otro lugar, a otro tiempo. Pero no lograba descifrar eso último, simplemente pensaba que tuvo un sueño despierto, ocasionado por la vigilia que sostenía desde muy temprano.

Se cuestionó; por alguna extraña razón, quizá por el pánico a sufrir otra laguna mental en estado consciente, decidió agotar ese recurso que antes despreció: hablar con algún experto en temas paranormales. Canceló sus reuniones del día y se fue a buscar a alguien con esas características en el decadente centro de la ciudad; allí abundaban ese tipo de personajes. Y, sin pensarlo demasiado, pernoctó en un cuchitril con olor a diferentes hierbas, atendido por un trigueño veterano, de una canosa barba de chivo y un cabello que parecía una sombrilla abierta. Estaba sentado en un banquito de madera que era de patas irregulares. Con solo verlo, de entrada, sonrió. “Ya sé a qué vinites; no dormís bien. Te perdés, hablás con esa gente”. Jaime, desconcertado, no supo qué decir; iba a preguntarle a qué gente se refería, pero algo lo detuvo y así fue el resto de la sesión. Puro silencio. “Te tomás esto antes de dormir, hervido en agua”, y le entregó una bolsa con unos cien gramos de una hierba, mixtura de colores rojo y verde. “No lo dejés pasar de esta noche, mañana venís, a esta hora, y me contás”. Consejo de experto. Se quedó sonriente, en su banquito, silbando, tarareando alguna canción.

Esa noche, Jaime siguió el procedimiento y pudo dormir plenamente. Despertó renovado, el cuerpo liviano, los ojos descansados y la mente despejada. Tendría que llegar al centro en taxi o en algún otro medio, pero iría, porque tenía inquietudes y no quería quedarse en silencio, como había ocurrido el día anterior. Decidió salir de casa a las once y veinte y tomó el primer bus que vio. Tomó asiento y, de un momento a otro, comenzó a sentir pesadez en los párpados y liviandad en las manos; no coordinaba sus miembros y la lengua se enredaba; logró recostarse hacia su derecha sobre el vidrio de la ventana; lo hizo de una manera inusual, porque su mejilla quedó asentada en el frío cristal.

El paisaje era muy extraño, y el calor demasiado sofocante; es muy incómodo andar con una sotana en esos climas, intentando trepar un muro de bareque para fugarse de unos implacables miembros de la Santa Hermandad. Había violado aproximadamente a más de ochenta monjas en distintos conventos del virreinato. Lo querían colgar lo más pronto posible.

Agonía en cristales, a cuentagotas (de agosto 4-2018)

El control se redujo; el sopor se impuso a la claridad mental y se fue disolviendo hasta convertirse en un remolino que me bamboleaba vertiginosamente. Había caído al suelo, pero no me daba cuenta (luego dirían que el golpe fue estruendoso, pero yo solo puedo recordar un incómodo hormigueo en la boca y un sabor a metal que revolvía mis entrañas).

Un túnel violeta. Eso fue lo primero. Luego se hizo rojizo y terminó oscuro, con unas lucecitas verdosas, amarillas, como millones y millones de pixeles; policromía angustiante de incertidumbre. Una fosa de tierra totalmente negra. Desorientación. Comienzo a arrastrarme, solo tengo fuerza en mis brazos, las piernas parecen de trapo (¿o son de trapo?); varios metros así, a oscuras. Luz al fondo, tenue, pero ya es ganancia. Me recupero, puedo caminar, aunque torpe y lento, pero es una enorme ganancia, sabiendo que estoy en desventaja. Imponente, emerge una galería de cristal pulido con una perfección que jamás había visto. Luces de colores, reflejos. Inquietudes, dudas. Mareo, ira, desesperación, sosiego, inquietudes.

Las veo a todas. Alguna vez estuvieron fuera de esas “vitrinas”. Las podía tocar, acariciar, escrutar lentamente, invadirlas cariñosamente en lo más íntimo. Ahora no, y menos en ese lugar. No tienen boca (¿o no hablan? ¿No pueden hablar?). Musas, diosas, deidades de dicha y de desgracia, de tragedia consentida. ¿Pueden oírme? Quiero que me oigan ya y siempre (más bien lo desea mi ego inmenso). Estoy gritando, me duele la garganta, algo se está reventando dentro de mí y me aturde. No escucharon. Grité mucho, no hoy, eso fue tiempo atrás.

La diosa de la mentira abre sus ojos; parecen color blanco, tienen una luz que me sacude y me desespera; no alcanzo a distinguirla bien, pero sé quién es. Se ríe, así como en aquellos días. Seduce y se ríe. La del cinismo no se ha quedado incólume, no quiere estar rezagada; sus ojos miel denotan una angustia profunda que perfora mi estómago, me debilita, tengo que ayudarla, es muy grande para mí, quiero tenerla cerca, si se va me destruye, estoy acabado; su hermana es la del egoísmo, y sus ojos también son parecidos; me pierdo en ese estanque y antes de probar su fruto, de irrumpir en el manjar de sus sentimientos confundidos, titubeo, freno, me impongo, pero pierdo, por el odio que siente por mí —amén a la impotencia de no tenerme—, pero no, realmente amó (¿a quién? ¿Ama?). La vanidosa es mucho más hábil (quién creyera) y está agazapada en un rincón oscuro del lugar; sé que existe, estuvo también conmigo, la vi, la sentí, la saboreé y me hastió, yo no había nacido para efectuar vasallajes estériles, para gritar en las cavernas y conformarme con el eco de mis ruegos.

La deuda aparente es camaleónica, es una angustia recóndita (¿soy el deudor? ¿De todo? ¿No será más bien que me deben a mí? Recíprocamente, ¿nos debemos? ¿Qué? No existen, no debo, no deben, no deberíamos). No puedo romper esos cristales, no tengo fuerzas. De todas maneras no me lo permitirían, y tampoco tendría sentido hacerlo. Tienen que estar ahí, tenía que verlo.

La monumental presa de egos (de agosto 5-2018)

Los momentos habían sido fugaces; cada encuentro entre ambos, ínfimo, pero con una dosis profunda de dicha, de ilusión y de un horizonte prometedor, abierto a las posibilidades. Las conversaciones denotaban empatía; las miradas, temor, complementado con deseo y visos de cariño. Diez, quince minutos, y la despedida. Comenzó a forjarse una rutina cuyo ciclo iniciaba con la expectativa, pasaba a la inquietud, continuaba con la incertidumbre y se reanudaba.

Ella temía demasiado; así lo evidenciaban sus ojos con esa mirada inquieta, disimulada por una aparente malicia; sus gestos, el paso presuroso, la voz acelerada al otro lado del teléfono y los pretextos numerosos y constantes. El desengaño nutría su orgullo y cultivaba además un egoísmo aparente. En los rituales cotidianos asomaban ciertos momentos de introspección, en los que su corazón quería gritar y lanzarse a vivir plenamente la nueva oportunidad que no buscó ni planeó.

Él venía herido del alma y del ego; tiempo atrás había tocado fondo y en algún momento creyó que su deseo más claro era morirse de una manera dramática, porque su romanticismo lo había llevado a imaginar historias demasiado elaboradas para resolver sus dificultades inmediatas, fantasías para seguir renunciando a la realidad, lejana, distinta... Y distante. Con ella había dado el primer paso, soltó la cadena de los prejuicios y se lanzó al vacío; cuando eso ocurrió, la sensación fue de un pánico enorme que se convirtió en frescura y confort, en un remolino de renovación, de vitalidad, de cosquillas en las entrañas. Él se había arriesgado, pero, al igual que ella, tampoco estaba buscando una nueva oportunidad. Sin embargo, irónicamente, su corazón también quería gritar, y en la soledad clamaba por confrontarla a ella, y no seguir prolongando un juego de tanteos, titubeos y tristes repliegues.

No había una fórmula mágica para acercarlos; ellos debían dar los pasos hacia el lugar común, converger; pero la desesperación y la fascinación por lo aparente —por lo más brillante— rompieron el puente que emergía; ninguno de los dos se dio cuenta; cada uno, henchido de orgullo, fue acallando los sentimientos a cuentagotas. Empero, así mismo, años después, al cruzarse por azar, la monumental presa de ego que ambos habían construido reventó, y no pudieron controlar la avalancha que los ahogó.

La rifa de lo recóndito (de agosto 7-2018)

El vacío que perforó el estómago de Juan Daniel fue enorme cuando escuchó la propuesta que tanto deseaba. Era pánico. También incredulidad. Se había imaginado en numerosas ocasiones ese momento; creía que tenía todas las posibilidades contempladas, bajo “control”, pero estaba corroborando que todo ese discurso de la preparación era una falacia. Todo resultó de una manera tan inversa que ni siquiera él fue capaz de tomar la iniciativa.

Sentía una rabia enorme. Enorme y profunda, que parecía seguir el mismo recorrido de su sangre; circulaba entonces por todo su ser; era un veneno, en su interior —el alma que él confiaba tener— que lo iba quemando, lo destruía, pero, irónicamente, también lo revitalizaba. Adicionalmente, el dolor y la desesperanza eran otros de los habitantes permanentes en su ser. Era el cúmulo de experiencias amargas, que habían menguado la ilusión pura de otros tiempos; no llegaría el amor verdadero, y por eso los dominios del corazón eran áridos, tierra estéril para el cultivo de lo sublime.

La mezcla explosiva del orgullo y el dolor guiaron sus pasos hacia ese lugar, aunque también se lo había prometido, a sí mismo, durante las incontables noches en las que se aferró a la bebida como tabla de salvación y de consuelo para su fracturado ser. Sus amigos también padecían el mismo mal, así que, henchidos de ímpetu, habían decidido participar en ese plan de resignación, de entrega, de renuncia a la ilusión generada a la luz de las narraciones de aquellos que vivieron la felicidad, pero porque supieron resistir ante la adversidad y curtieron su alma comprendiendo que solo eran experiencias que nutrían al alma, que contribuían como aprendizaje.

“Me fascina hacer el amor, ¿por qué no vamos allí arriba y lo hacemos bien rico?”, fue la frase que marcó el compás de los ímpetus depuestos. Juan Daniel se sintió en el mismo mercado de feria que había vivido a sus doce años, cuando la morena imponente lo escrutó con voracidad y lo calificó como presa posible para el encuentro sudoroso y ansioso de dos cuerpos jóvenes. Pero su orgullo de varón —ancla arraigada en el fondo de su ser— le impidió aferrarse al clamor de sus sentimientos, que se iban extinguiendo a cada paso que daba hacia el estadio de su triste transacción.

Sintió el olor a sudores de otros. Ella comenzó a desnudarse y él la respetó. Lo acarició, lo halagó, lo besó y lo tiró a la cama. Él estalló en el calor de esa erupción volcánica —ya conocida en mil relatos— rápidamente, porque no sabía con certeza lo que debía hacer. Terminaron. Él salió, y encontró a Adolfo, uno de los amigos, sentado al borde de la cama, en otra habitación, resignado, indefenso... También regaló una parte de su destino allí.

Esa no era la historia que lo enorgullecía, pero tampoco permitía que las tribulaciones de ese momento en su pasado lo torturaran. Juan Daniel siempre consideró que ese fue un camino escogido por sí mismo. No lo decía, no relataba esa situación; era el secreto suyo y de los amigos partícipes entonces. Era su marca, su duda, la puerta de sus juegos psicológicos, de la retrodicción que lo lastimaba con mayor fuerza.

Los altos costos del egoísmo (de agosto 9-2018)

«Aranzazu, Caldas, marzo 7 de 2015.

No sé con exactitud cómo comenzar este escrito, que hice pensando en ti. Han pasado tantos años...
Estoy seguro que reíste aquella tarde de 1994 mientras leías mi carta anterior, la última que, hasta hoy, te había enviado, en la que te hablé del gato que tendríamos cuando viviéramos juntos. Hoy, después de tantos años, tal vez poseído por el licor que sí nos aclara la mente, que nos da la investidura de la sinceridad, vuelvo a escribirte. Hoy vuelvo a merodear aquellos lugares donde fuimos realmente felices, y me doy cuenta que me faltó arrojo e inconsciencia para emprender una lucha sincera y verdadera por ti. Tú no eras entonces feliz con él. Hoy tampoco lo eres, y no necesito verte ni escucharte para saberlo. Lo siento y me basta.
Evitaste reconocer todo lo que sentías. Todo era fácil para los dos, finalmente, porque la fuerza de la correspondencia, de la reciprocidad, haría el trabajo por ambos; pero nos faltó hablar y destruir los castillos que cada uno, en su egoísmo, había construido.
Fuimos crueles. Nos llevamos por delante a personas valiosas. Pasamos por encima de ellas; lo peor: aún estamos allí. Y más grave aún: estamos tú y yo, pero no nos vemos. Hay un muro de un vidrio opaco que nos separa; ambos creemos que es sólido, irrompible, pero bastaría con golpear suavemente para enterarse que podemos ratificar nuestro encuentro predestinado. Para mí todo se vuelve más aciago al saber esto, y me atormento con cuestionamientos; dudo por ti, me aterrorizo al pensar que tú ni siquiera sabes eso que yo hace tiempo he descubierto.
Tantos años... Y todavía martillan tus palabras en mi cabeza, en mi corazón. Tu confesión, esa revelación en la que reconocías que en tus encuentros íntimos con él la imagen que anhelabas e imaginabas era exclusivamente nuestra unión corporal. Te lo digo, yo nunca quise que quebrantáramos tantas cosas sublimes que en nuestro egoísmo construimos, pero por egoístas el precio a pagar tenía —y tiene— que ser caro.
Hoy no te escribo porque busque una mera satisfacción física. Quizá en la juventud había algo de ello, y eso quise creer, pero eran, y son, los sentimientos, los que me empujaron a buscarte. Fue difícil ubicarte, pero lo logré. Todavía creo en el encuentro que ocurrirá entre ambos, y no lo temo. Lo deseo, siempre lo he deseado. Sé que tú también.
Esta no es, tampoco, la evidencia de una obsesión; si así fuese, te hubiera sofocado con hostigamiento durante todos estos años y no sería hoy un fantasma, un espectro que te asusta en los momentos de introspección. Sí, eso te ocurre y lo sabes, así como a mí tantas veces me ha pasado.
Nos reuniremos, más temprano que tarde, lo sé. Y lo sabes. No lo temas más, porque cuando llegue ese momento, ambos caeremos en un sopor que nos impedirá reaccionar, y solamente podremos responder al deseo, a los sentimientos recíprocos que, por el magnetismo que nunca se rompió, nos llevó allí.
Con los sentimientos de siempre, para ti. Por ti.»

Jolgorio prematuro (de agosto 9-2018)

Era miércoles por la noche y la juerga había sido generada por obvias razones: la prosperidad era el destino seguro que Gabriel avizoraba; los últimos cinco meses habían sido arduos, de trabajo constante y no habían dado tregua para los festejos ni celebración alguna; dura vigilia para este cuarentón dedicado al comercio de víveres en el barrio Fraternidad, una antigua zona de pastos y lotes vacíos en los cuales los primeros camioneros de la ciudad guardaban sus vehículos.

Ya en los noventas era un lugar distinto; las casas parecían una pila de libros desordenados en la habitación de un artista, cuyo sentido de la armonía suele distar de lo convencional; juego de rectángulos y cuadrados multicolores, con sus huequitos para la entrada de la luz —llamados ventanas— y otros huecos, todos rectangulares, para poder acceder a cada hogar. Las calles se teñían de un halo naranja, amén de la iluminación artificial nocturna y la gente iba de un lado para otro. Algunos vecinos eran reconocidos por su habilidad comercial ambulante, que se caracterizaba, principalmente, por la venta de productos comestibles; otros, por su espíritu bohemio, que los mantenía abrazados a la bebida prácticamente todos los días de la semana. Así, la tienda de Gabriel era el epicentro de la vida social, del dinamismo local; todos, amén de su cotidianidad particular, pernoctaban allí.

El año estaba en su pleno meridiano y en el día el clima era cálido; la noche contestaba con vientos frescos que animaban a salir y caminar, a recorrer el sector, a tomarse el café con los vecinos y echar partidas de cartas, dominó o parqués en las aceras; doña Tulia, la señora fofa de sesenta y nueve años, era la que abría las veladas de sosegado esparcimiento; su andar era gracioso, lo que generaba todo un espectáculo pintoresco, pues sus carnes flácidas se bamboleaban, y ello se percibía fácilmente porque jamás abandonaba sus amplios vestidos color rosa, elaborados a base de una tela que parecía algodón; entonces era evidente, para el espectador común, el choque entre la piel y la vestimenta en la danza necesaria de ese personaje. Su ímpetu era directamente proporcional a los casi cien kilos de peso con que cargaba.

Don Lorenzo, el desgarbado octogenario que siempre portaba un quepis, nunca faltaba a los juegos; experto en dominó, quizá nunca perdió el invicto; incluso en alguna época llegó a tener deudores en el vecindario a causa de sus triunfos rotundos y a la terquedad de los malos perdedores. Todos pagaron, o eso se dice.

Se sumaba también don Adolfo, el todero del barrio; cincuentón negro y calvo, narizón y con algunas piezas dentales ausentes, hacía todos los trabajos que la comunidad requiriera: tapar las goteras en los tejados, componer las redes eléctricas e hidráulicas y podar las mangas en las pocas viviendas que aún conservaban alguna zona verde. Era aficionado al póker, y se decía que había perdido a su familia por tal causa, sumada al amor por el aguardiente.

Doña Anselma era la maestra de las delicias gastronómicas; menuda y delgada —tal vez medía un metro con cuarenta y cinco centímetros—, tenía unos cabellos blancos totalmente, correspondientes a sus casi noventa años, y unos lentes enormes que empequeñecían sus ojos color gris. Artista de la repostería y de la comida tradicional: tortas, caldos, carnes y arroces, con diferentes preparaciones y presentaciones, eran la evidencia de su buena fama, al punto que algunos políticos locales —que aparecieron allí en tiempos de campana— iban y volvían al barrio, nada más por disfrutar la sazón de esta abuelita. Amaba el tabaco y se podía fumar varios en un par de horas, mientras disfrutaba el juego del parqués.

Gabriel tenía un amigo, Jaime, quien era el dueño y administrador de un pequeño café bar en la misma cuadra de la tienda mencionada. Ese año se había hecho cuarentón, a merced del imparable curso del tiempo. Blanco y macizo, de menos de un metro sesenta, parecía un barril, pues su barriga sobresalía como consecuencia del sedentarismo y la ingesta sabatina de carnes asadas y muchas fritangas. Soltero pero galantesco, siempre sobrio, con una voz estentórea y un peinado engominado hacia atrás, podía pasar por un mesero —o barman— de élite o también fungir como un experimentado cantante de tango. No jugaba, pero le facilitaba parte de su mobiliario a los vecinos para esas jornadas, o incluso para otros eventos. Por eso, aquella noche de junio varios aspectos logísticos fueron cubiertos por él. Su gran amigo, compadre hipotético en un matrimonio imaginario, se iba del barrio. En parte, el acontecimiento era triste; sin embargo, enterarse de la prosperidad de un personaje tan apreciado por la comunidad generaba más alegría; la ausencia podía ser conciliada con la felicidad del bien ajeno.

Todo se dispuso para la ocasión. Jaime facilitó su local y lo decoró de manera especial, con bombas y serpentinas; doña Anselma ofrendó un pastel y papas asadas con chicharrón de cerdo frito y chorizos de ternera que ella misma elaboró. La música que sonaba hacía gala a estas latitudes tropicales; se destacaban el son cubano, la cumbia colombiana y el talento venezolano.

Gabriel estaba nostálgico, se iría del barrio. El comercio a gran escala recompensaba sus años de esfuerzo y sacrificio; había logrado una sociedad con un pequeño empresario que tenía buenos contactos e influencias y vivía en la capital del país. 

Su nuevo destino era entonces una urbe enorme, en la cual seguramente sobresaldría por su talento y su talante. Era un hombre humanitario, que reía y gozaba con el vecindario; ayudó a muchas personas en situación de dificultad; obsequiaba mercados a las familias desfavorecidas y en las fiestas de rigor su aporte era enorme. Exaltaba al clásico tendero que congregaba a las gentes en torno a su abundancia y bondad. Sin embargo, su temperamento, belicoso ante alguna desavenencia, se convertía en un defecto que llegaba a opacarlo; por ello también evitaba beber mucho. Ya había tenido peleas con algunas personas.

Casi a las once y cuarenta de la noche, Gabriel decidió comenzar con un discurso improvisado para sus vecinos y allegados; luego de lanzar algún chiste, la flecha implacable, accionada por la pólvora caliente que un dedo vengativo quiso activar, penetró en su sien y postergó las palabras, los abrazos, los juegos de mesa, los viajes, la prosperidad y la vida. 

Del victimario solo se alcanzó a ver una figura juvenil que iba, a gran distancia, en una bicicleta.

Zafira (de agosto 24-2018)

Esa fue una de las pocas cosas buenas que hizo el primo de mi mamá mientras convivimos con él: ponerle el nombre a la gata, que confundimos, inicialmente, con un gato. Por ello, al principio, se bautizó como “Zafiro”. “Ese gato es un zafiro, se va a llamar zafiro”, dijo él, quizá en un momento de inspiración natural, o imbuido por alguna de las sustancias que le gustaba consumir. El nombre no cambió, solo el género. Estuvo bien.

Era una gata siamés que nos obsequiaron en la casa de los abuelos paternos; la recuerdo como el primer animal de compañía que tuvimos en la familia (se sugiere que no se les llame mascotas, porque alude a un “juguete” o “talismán de la suerte”); con su color caqui en gran parte del cuerpo, cola y orejas café oscuro, y ojos grises. Era hermosa. También demasiado irascible e indómita; adoraba a mi mamá, pero también era capaz de reñirle sin reparo alguno. Me gané varios arañazos por buscarle juego y también vi cómo llegó casi muerta a la casa cuando la encontramos luego de varios días de una sospechosa desaparición; doña Estela, la de las arepas, decía “que había aparecido lastimada en el pequeño solar de su casa”.

Zafira reconocía la hora en que el bisabuelo comía y se le acercaba para saborear algunos granos de fríjol y pedazos de pescado frito que él le obsequiaba tirándolos al piso. Recuerdo el platito de la leche, azul celeste, que estaba ubicado debajo del fregadero. Hoy creo que la gata me hizo querer ese líquido; quizá anhelaba ser como los gatos, poderme meter debajo de la nevera y observar con agudeza los distintos movimientos y rutinas de la casa. También tener siete vidas, o que tanta gente, tantos seres que he amado, las tuvieran, para que no murieran, como algunos que ya se han ido.

Tuvo varias crías; en esa época las campañas de esterilización animal no eran masivas —quizá ni existían— y la prensa ni siquiera mencionaba ese tipo de temas, por lo cual muchas personas conocidas —otras no— llegaron a recibir la dádiva de pequeños gatitos. En cierto momento decidimos adoptar a uno de sus hijos, al cual nombramos Mizi-Fu (si un día vuelvo a tener un gato, le pondré ese nombre); era el típico “gato vaca”, con los mapas negros en un fondo blanco (tal vez luego cometieron incesto y ella era abuela y madre de sus propios hijos gatunos; él, padre y hermano medio).

Zafira adoraba tanto a mi mamá que era capaz de cruzar la avenida que atravesaba nuestro vecindario para ir detrás de ella, cuando esperaba la llegada del bus escolar que nos transportaba a mi hermano y a mí.

Los animales tienen alguna sabiduría, y sí aprenden, sí adquieren experiencia. Una noche sabatina, mi mamá había salido hacia la casa de una de nuestras vecinas. La puerta principal tenía también una reja metálica, que solíamos dejar entreabierta cuando efectuábamos alguna salida breve; Zafira solía ubicarse en una ventana contigua al portón y desde allí observaba las dinámicas del sector. De repente, un Renault 4 color rojo, ocupado por una familia de unas cuatro personas, pernoctó violentamente en la acera y solo pudo detenerse cuando tiró al piso la reja mencionada; el vehículo venía sin frenos (curiosamente, el conductor trabajaba la cerrajería y al día siguiente compuso el daño causado). Y Zafira se demoró varios días para volver a realizar su rutina de exploración desde la ventana.

domingo, 5 de marzo de 2017

El Quindío y la tragedia de aquel 99 (remembranza)

A mediados de los años noventa, ya mis abuelos maternos habían dejado la amena vida en el campo quindiano y las acogedoras fincas de Montenegro para radicarse en la urbe, concretamente en Calarcá; llegaron a un caserón inmenso, de dos pisos, ubicado en una de las arterias comerciales de la localidad, que desafortunadamente se hallaba muy deteriorado a causa de esa ecuación que conjuga la inclemencia del tiempo con la falta de mantenimiento riguroso; empero, su imponencia evidenciaba que alguna vez tuvo mejores días; a pesar de esa decadencia, era hermoso y llamativo.
Se decía que allí vivió el abuelo de quien era el alcalde del pueblo por aquellos días. Sinceramente, esto puede no tener mucha relevancia, porque ni recuerdo quién era ese alcalde ni menos su abuelo, pero la sensación que yo tenía era casi la de ahora: Calarcá es una localidad fundada en 1886, resultado de esa ola decimonónica de migración y apropiación de la tierra conocida como la colonización antioqueña; no es un lugar tan antiguo si se piensa en los términos político-administrativos contemporáneos, y, de niño, yo sentía cierta proximidad temporal con ese abuelo del alcalde. Ahora, visto en perspectiva histórica, y reiterando la “juventud” del pueblo, pensaría que, hacia 1994 –época en que mis abuelos arribaron al caserón mencionado– ese edificio podría tener menos de cien años, teniendo en cuenta que no estaba tan cerca del parque principal.
A finales de ese año yo cumplí los ocho años de edad y a principios de 1995, el abuelo falleció; él tuvo la intención de restaurar la casona pero luego desistió de la idea y además la muerte truncó sus posibles proyectos; en años posteriores ocurrieron algunos temblores de tierra y uno de ellos, tal vez en 1996, motivó a mi abuela a realizar las gestiones para demoler la vivienda y construir una nueva, con más condiciones de resistencia. En 1997 se llevó a cabo todo el proceso y hacia 1998 se tenía una casa “híbrida”, con dos grandes habitaciones bien cimentadas, con bases propicias hasta para resistir cuatro niveles, ubicadas en la parte delantera del terreno –la que da a la calle–, con un patio intermedio que continuaba las fuertes bases y remataba con unas habitaciones hechas en madera, que en realidad era reciclada de tablones y otros elementos de la antigua casona; en ese sector de la casa también se ubicaba la cocina. La construcción de material estaba en obra negra y era algo rústica, lo cual generó comentarios despectivos en algunos lugareños o transeúntes, quienes consideraban que “afeaba la zona”.
Y así llegó el trágico 25 de enero de 1999, una fecha que, así suene a frase de cajón, partió en dos la historia de las tierras quindianas: un sismo de gran magnitud cobró innumerables víctimas y causó enormes estragos en el eje cafetero; los dioses griegos se ensañaron especialmente con las tierras quindianas. Apenas a eso de las 6 de la tarde, aproximadamente, me enteré de lo ocurrido, justo cuando regresaba del colegio a la casa; una tarde algo gris, y el silencio, preocupación y consternación eran comunes denominadores en mi casa. Los nacientes canales privados de televisión estaban cubriendo la novedad de manera intensa y dedicada. En adelante, llegaron varias horas de tensión e incertidumbre. Afortunadamente, con el paso del tiempo, fueron llegando alentadoras noticias: ninguno de nuestros familiares o allegados pereció en la tragedia; tal vez hubo algunas pérdidas materiales, pero lo más valioso, la vida de cada uno, permaneció. Finalmente, a eso de las 11 de la noche supimos que la abuela estaba bien y así pudimos reposar de la angustiosa vigilia.
Recuerdo que toda esa incertidumbre me generó un cuadro febril y me la pasé todo el martes 26 al tanto de las noticias; vi con horror y tristeza cómo una región tan bella había sido brutalmente transformada en angustia y muerte, en desolación total para los ánimos de algunas personas, en resignación e invitación a la perseverancia para otras: varios lugares que yo conocía perfectamente habían caído.
No recuerdo que día exacto pudimos comunicarnos directamente con la abuela y los tíos, pero tuve la oportunidad de conversar con ella y sentir felicidad en su voz y en sus palabras: era la gratitud a la Providencia por estar con vida y además la oportunidad de dar la mano a otras personas, representada en la condición de albergue que tomó la nueva casa: 42 personas, víctimas de la tragedia, con sus viviendas destruidas o en riesgo de colapsar, residieron allí por varios días; la abuela estaba contenta porque su lema de hacer el bien sin mirar a quién estaba realizándose y me dijo que ya podía morir tranquila. Vivió otros catorce años en los cuales fue reconocida por esos vecinos como “la abuela”; su carisma, su calidez y hospitalidad fueron los referentes que toda la vida la distinguieron y se apuntalaron en esos tiempos aciagos de la calamidad regional, en beneficio de la comunidad cercana a su hogar. La casa nueva, despreciada por algunos se convirtió en faro de convivencia durante un lapso de tiempo.
Ayer se cumplieron dieciocho años del terremoto ocurrido en el Eje Cafetero; cada año se realizan, de manera oficial, actos conmemorativos con relación a la trágica fecha, que arropan, al menos simbólicamente, a las personas que vivieron en carne propia los estragos de la catástrofe. Ese 25 de enero de 1999 fue traumático, y yo viví, a la distancia, una pequeña parte. Este escrito es una pequeña reflexión con aires de reminiscencia; no soy quindiano, y mis abuelos no lo eran, pero se establecieron en esas bellas tierras y allí pasaron sus últimos días; eterna gratitud y amor a esa región, siempre anhelo volver y prometo hacerlo al menos una vez por año.

martes, 19 de abril de 2016

Al actor favorito

Casi todos los días que debía salir a alguna diligencia o a cumplir con la rutina, podía ver a don señor sin camisa, con unos pantalones de paño y chanclas, sentado en una silla plástica en la acera de su casa. No recuerdo con exactitud cuándo fue la primera vez que lo vi, pero siempre tuve la imagen de que era un viejo huraño, quizá por su cara de pocos amigos, cual perro bulldog, aunque esa raza animal al final es gentil. «No juzgar por las apariencias». Ese mensaje, en un gran letrero de plástico o tal vez en un tablero electrónico, debería estar en muchos lugares donde nos movemos, donde hacemos nuestra vida.
El caso es que en la imaginación y la fantasía literaria, empecé a imaginarme como émulo de Víctor Gaviria y el neorrealismo italiano de sus producciones, y en las mías, siempre creadas mentalmente, incluía a don Heraclio -o don Heliodoro, o como se llamara-. Me imaginaba incluso un diálogo hipotético, en el cual le proponía que hiciera las veces de un mafioso de poca monta que iba a un lupanar lleno de jovencitas y le daba por sobrepasarse, de manera exageradamente morbosa y ruin, con la más tierna, ingenua, desamparada y primeriza en un oficio que difícilmente muchas disfruten. Seguramente por razones crueles terminó metida allí. Ella, a su vez, presa de pánico, terminaba siendo defendida por algún personaje secundario -lavaperros de otro mafiososo- que luego tomaría un papel más protagónico, luego de enfrentarse a ese pequeño capo de pueblo.
Era el perfil al que podía aplicar don Heraclio, al menos así lo veía yo. Entonces le conté a mi hermano la idea y nos volvimos cómplices de una simulación, de una situación en que yo le extendía la propuesta al señor y que este ardía en ira y me despachaba de su casa a punta de improperios bien sustanciosos y rebuscados. Lo terminé etiquetando como «mi actor favorito», por decir que se ajustaba a ese perfil de viejo morboso y degenerado, que usaba términos soeces y grotescos. Cada momento en que transitaba con mi hermano esa zona, buscábamos al personaje y empezábamos a recrear, una vez más, la simulación y las respuestas cargadas de indignación.

En los últimos tiempos, dejamos de verlo en su silla plástica, mirando con cara de pocos amigos y amonestando a sus nietos. Parece que ya no está, porque las últimas veces se le veía reducido, cansado, enfermoso. El actor favorito dejó este mundo y no pude proponerle que hiciera parte de mi película. De todas maneras, ya la realicé muchas veces en mi mente, porque no soy director de cine y no creo que me meta en ese negocio.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Pareja Perfecta

Era el tipo de pareja ideal. Llevaban seis años de conocidos y tres de noviazgo. Mitad y mitad. Suficiente cantidad de tiempo para construir amistad y cimentar relación íntima. Todo comenzó de una manera que muchos llaman "casual", incluso muy "cliché". Martes por la tarde, a eso de las cinco, John iba en el bus, ya sólo quedaba un puesto y era al lado de él, Jenny se le sentó al lado, venía cansada de las piernas -trabajaba como mesera y así se pagaba los estudios universitarios-. Incluso podría decirse que "el hielo se rompió" de una manera sosa, común y corriente, John se hizo el gracioso, hablando del clima, "qué calor tan inmundo, estoy que reviento", ella asintió, al principio tímida y con algo de desidia "mmm... Sí", monosílabos, pero por alguna razón, al hombre "le fluyó" repertorio verbal y de un momento a otro, logró empezar a arrancarle sonrisas -porque, no deberíamos ser injustos con nuestro personaje, tiene humor fino, sabe "aplacar auditorios"- y así obtuvo datos de contacto de la señorita.
Salieron muchas veces, no se interesaron de inmediato por concretar relación de pareja, eran personas pacientes e interesadas por disfrutar y apreciar cada instante de la existencia, sin forzar situaciones o concreciones. Incluso fueron confidentes recíprocos, porque cada cual tuvo romances y desengaños con otras personas durante esos tres años. Una tarde se dieron cuenta que podía funcionar y listo, le imprimieron otro tipo de trascendencia a la interacción. Se lanzaron a otras ligas muy diferentes.
Y les funcionaba. Había cariño y devoción de parte y parte, confianza, diálogo, cariño, respeto, proyección. Amor. Muchas personas cercanas envidiaban su unión. Algunas casi de manera obsesiva, es que todo era perfecto, por no encontrar palabra mejor para describir lo que denotaba esa bella pareja.
Jenny, una experta en la Administración de Empresas, curtida especialmente en la legislación mercantil, podía asesorar a quien quisiera. Brillante, dinámica, inteligente. Detallista y hogareña, también. Una mujer integral. John, por su parte, un avezado arquitecto. Muy respetado en el gremio, ganador de distintos premios y reconocimientos, una joven eminencia en la materia, con sus treinta y un años, prometedora carrera.
A juicio de "los demás" sólo les faltaba dar el paso esperado en esas historias románticas. Ellos aún no se decidían, porque ahorraban, ahorraban mucho, para comprarse una hacienda campestre -se nos olvidó contarles que amaban el campo enormemente- y sólo viajar a la ciudad para responder a sus ocupaciones profesionales. También amaban viajar, lo que ocasionaba que no hubieran tomado con más inmediatez la idea de oficializar -en términos religiosos- la convivencia.
Las veladas de carácter social, en esas que se integraban con sus círculos de amigos, eran gratas para todos. Esta pareja fungía como excelentes anfitriones. Más allá de una atención meramente material, eran maravillosos conversadores y tenían talento para agasajar incluso al más parco y malhumorado. "Ehhhh qué bacanería reunirnos con esta gente", "definitivamente me subieron el ánimo, me hubiera pesado no venir", "no cambio este plan por otra cosa". Esas y muchas más, frases tipo reflexión sintetizada cotidiana, las más usuales entre el círculo de allegados. Ciertamente, Jenny y John, John y Jenny, brillaban.

"No le toquen los viernes a esta pareja, les gusta la privacidad. Mmmm, seguro se van a "darse lo suyo" ", una frase de doble sentido, también se repetía en el jovial grupo de amigos.

Los viernes, días especiales entre ellos, ciertamente.

Caminando por las calles oscuras del barrio de John, esta pareja tenía una particular afición. Manoseaban a cualquier anciana o persona mayor que vieran en el camino. No, qué diremos manoseaban, la ultrajaban, porque era violentar, bruscamente, las estructuras rutinarias de esas personas, que tenían unas bases morales, propias de su época, de su contexto, del entorno en que se formaron. Sí, John y Jenny eran aberrados al juicio de muchas personas, o desde la óptica de esas mismas víctimas y, por supuesto, desde la ley.
Callejones oscuros, mucha arboleda que cobijaba las vías, porque los árboles, a cada costado de las carreteras, formaban una especie de arco que tupía aun más esos escenarios de tránsito humano y cotidiano. Eran los lugares perfectos para que nuestra romántica pareja hiciera de las suyas. John siempre tuvo una obsesión por pernoctar en la privacidad de los demás, aunque había sido criado en una familia conservadora que siempre le prohibió "irrespetar al otro". De esa forma, a pesar de haber tenido numerosas oportunidades de satisfacer ciertas necesidades fisiológicas, sentía otras curiosidades, por llegar a "algo más". Y por eso, empezó a "explorar" en otras direcciones.
Jenny, por su parte, cuando inició la relación con John, era algo ingenua. Y por ello se fue dejando llevar en las ideas de su novio, aunque, no seamos injustos, ella también era curiosa. Luego de varios meses de repetir y replicar su intimidad de pareja, no dudó mucho cuando él le preguntó "y qué tal si miramos cómo es la otra gente? Por qué no nos acercamos? A mí me causa curiosidad tocar y forzar a otros...".
Sí. Era eso, era obligar al otro. Someterlo. Por ello, dejaron siempre indefensas y despojadas a varias ancianas. No les importó casi quedar "etiquetados" y reconocidos. Aunque eran hábiles y terminaban por recorrer distintos vecindarios. De esa forma, por un buen tiempo, lograron cuidarse de terminar a merced de la ley, de la justicia.
Eran los viernes de ellos, de pareja. John cerraba el paso a sus amigos. "Es que es nuestro viernes de intimidad, vamos a hacer cositas ricas". Y sí, para ellos, eso era hacer cositas ricas. Manosear -y quién sabe qué más- a las ancianas. Ancianas que venían de misa de seis, u otras que venían de las misceláneas, de las tiendas, de las panaderías, de hacerle visitas a sus amigas ancianas, igualmente. Ciclo repetitivo.
Era el tinglado de dos individuos que se unieron, inicialmente, pensando y proyectando una construcción. Posteriormente, exploraron otras cuestiones.

Era una pareja "perfecta".

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Bohemiamente gastronómica

De entrada, el local parecía estrecho. Las paredes -ahora atestadas de cuadros con distintos motivos y contenidos- denotaban la antigüedad de la casona que había existido antes de pensar en fomentar "la iniciativa" de sustento económico familiar. Un par de mesas de madera con unas tres sillas cada una (del mismo material) y la barra enorme de madera, con bancas cuyos asientos estaban más elevados, unos estantes ubicados detrás de la barra, de los cuales el encargado -usualmente el dueño- escogía las diferentes bebidas que allí tenía para surtir a sus clientes, para inventarse cócteles y agasajar cada jornada, según las necesidades de cada caso y un pequeño umbral que daba a la cocina, terminaban de adornar o "dar forma" a la primera parte del recinto, que por cierto, era habitualmente muy oscuro y cuyo servicio no era otro más que ofrecer ocio, a cambio de diferentes precios, según el nivel del bienestar deseado.
La segunda parte -ahora que han pasado tantos años- se hace más difusa. Algo así como un salón enorme, mucho más oscuro y provisto de mesas y sillas que la zona principal. Tal vez por ello las viejas paredes contaban con telarañas -a manera de adorno-, ahorrando así el uso de más cuadros como decoración. Cada mesa estaba ubicada al lado de una pequeña pared modular, elaborada en madera. Era entonces, preferiblemente, el espacio para desenvolver las citas amorosas o los intentos por lograr que el amor o la satisfacción fisiológica fueran realidad y no pura imaginación.
Era una pizzería. La mejor que he visto, hasta ahora. La disposición del lugar, la atención al cliente y, sobre todo, la calidad del producto estrella, le merecen tal o mejores adjetivos. Salami, hawaiana, jamón: solamente tres recetas del mismo plato y sin embargo, el matiz no se perdía. De esa pizzas algo gruesas, con el jamón algo "torcido" porque al parecer en la preparación se ponía de último, encima del queso, el cual podía quitarse y la masa se veía algo húmeda, pero no por ello se perdía el sabor... Esa era, la pizza del pueblo.
Llamaremos León al encargado, porque tiene cara de llevar ese nombre. Creo que lo hacía por hobby, por afición, por eso que llaman "amor al arte". Su negocio era su pasión. No era expresivo ni jovial, no hartaba de lisonjas ni zalamería a sus clientes, simplemente desempeñaba su papel, y eso no lo convertía en mero instrumento de provisión de dicha temporal: seguía siendo una persona importante, porque mantenía un espacio inigualable.
Ni siquiera llegué a ingerir bebidas alcohólicas allí, apenas era un imberbe derrotado por el acné y las fantasías desaforadas de amor, furor de encuentros sexuales que no llegaron, fama y logros vacuos y frívolos. Refresco y pizza. Nada más. Tal vez en las fantasías de años posteriores, me imaginaba acudiendo allí, degustando el alimento y embriagándome al son de una tertulia provechosa si ésta era sinónimo de convivencia y comunión con los interlocutores, sin importar quiénes fuesen.
Para desgracia de los feligreses de esa secta gastronómicamente bohemia o bohemiamente gastronómica -qué más da, inventemos adjetivos inexistentes, la ocasión lo vale-, León un día se cansó, o quebró, o sus papás, hastiados de ver cómo "el niño" había perdido ingenuidad y hacía más de treinta años sabía lo que era una polución nocturna y que aparte, se gastaba los ahorros encaprichado con un negocio que en algún momento dejó de generar ingresos, habían decidido cerrar y arrendar a otra persona, que tuvo la mejor idea jamás concebida: establecer una tienda de ropa.
A veces se veía a León por ahí. Parecía incompleto, o así me lo quiero imaginar, y me provocaba sacudirlo de manera belicosa e increparlo, cuestionarlo, juzgarlo, embestirlo con mis numerosos por qués, o inundarlo de muchísimos por favores, para que me explicara la razón del final (qué insensato, lo bueno se acaba un día, no hay que patinar tanto en lo mismo), o para que atendiera mi invocación a restaurar lo derruido.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Religión individual

Todas las noches, a eso de las 8, logra la misma tregua con el tiempo: recostarse en la cama y ver televisión, o revisar los textos de sus alumnos, pupilos y empleados. Pero, en la mayoría de los casos termina viendo las aburridas telenovelas de la programación nacional. "Todo un académico y fregándose con estas huevonadas", pensaba con algo de amargura y a la vez, comicidad. Acepta esa rutina, porque ha sido un pacto jamás firmado que alguna vez hizo con el dios de las ocupaciones, con ese mismo que un día le abrió la puerta al éxito personal y profesional, pero de manera traidora, lo lanzó a un maremágnum de tensión, arduas y tediosas tareas repentinas y a la repetición cotidiana de una vida alejada de sus sueños juveniles de libertad.
Ritual diario, religión individual: tres y media de la madrugada, rrrrrrinnnnn suena el reloj antiguo (era de su abuelo, una gallina que picotea unos granos y hay que darle cuerda para que la alarma se active a la hora planeada), se levanta, siempre con sus calzoncillos narizones (harto incómodos, el escroto velludo, arrugado y colgante se abre camino, se evidencia por fuera de la tela), sale descalzo en dirección al baño (que queda a unos quince metros fuera de la habitación), la casa es de piso de madera, y el clima varía, unas veces el frío golpea fuertemente, en otras, el calor permite que las huellas sudorosas marquen el tablado... Orina, empujando con fuerza, le da afán "vaciar el tanque" y por eso afana la meada. Busca el radio viejo que tiene en la sala (unos cuatro metros después del baño, esa sí está alfombrada), lo enciende y empieza a escuchar la sosa emisora de siempre (el viejito renegón, lleva cuarenta años con su programa, despotricando de los mismos políticos, la rueda gira igual así pase el tiempo). Se devuelve al baño, esta vez sí se sienta, excreta con algo de paciencia (si a cinco minutos enfriando las nalgas en la gélida taza puede dársele ese adjetivo), y luego, a la ducha. Agua fría, dos minutos. Se seca "bien", sale otra vez para la habitación, se viste rápidamente. Luego se prepara un desayuno ligero, pan tostado, mantequilla, un rectángulo de quesito, chocolate y un par de galletas de soda...
No vale la pena explicar con detalle su rutina laboral, basta decir que tiene automóvil particular, que se aguanta los distintos embotellamientos para entrar a la "gran ciudad", sigue escuchando la misma emisora, llega a la universidad luego de casi dos horas de viaje, la oficina queda en el fondo, es una eminencia en su profesión y por eso se da (le dieron) numerosos privilegios, la secretaria ya está en su escritorio adyacente al recinto de ese reconocido docente y administrador académico, hay varios papeles y documentos pendientes por revisar... Y así se va el día, almuerzo afanado y pequeño, incluso llega frío hasta la oficina, sigue la tensión y a la vez la emoción de esa misma rutina.
Siete y cuarenta y siete, está regresando a la casa. Día arduo, "me voy a perder la novela", ya le cogió cariño -cual síndrome de Estocolmo- a esa programación televisiva tan patética. Y luego no termina embobado con la caja multicolor, ese día prefiere leer, eso al menos, en algo, enriquece, o así parece.
Luego, rolliza, con senos caídos pero enormes, pliegues abdominales que cubren el vientre y el sexo, cubiertos a la vez por una tela transparente color marrón que es el baby doll, descalza (algunas várices asoman), cabello castaño recortado, nariz aguileña, ojos hundidos, mejillas algo colgantes (los pezones son grandes y se alcanzan a notar a pesar del "vestido", erizados por el frío nocturno. El candor asoma y el ambiente parece reverberar...

... Gestos de gruñido nada eróticos son la respuesta emitida por él, acompañada de una especie de reprimenda o cuestionamiento, "hoy no, qué no ves que estoy concentrado revisando este artículo? Mañana hay que trabajar, dejáte de pendejadas, vení a dormir o seguí en lo tuyo", se vuelve hasta cantaleta y el discurso crece mucho más, "ya la cagué", piensa ella algo abrumada, se queda ansiosa y antojada, le tocó el auto estímulo, complacencia de sí y para sí. Esa parece ser su religión individual. Lo peor, lleva casi diecisiete años en las mismas.

martes, 10 de abril de 2012

La Dama Rosada

"Siempre desempolvada historia que el tiempo jamás narrará en blanco y negro, porque la dulzura y la vitalidad de su protagonista fueron los pigmentos genuinos que adornaron una existencia, un derredor" fue el juego de palabras con sentido que terminó tarareando el joven aprendiz de la vida, mientras recordaba a esa mujer que conoció y a la vez no pudo terminar de descifrar, porque ello sucede cuando las circunstancias arrancan de tajo a quienes tenemos cerca, en momentos donde la atención se confunde en un tupido bosque de ingenuidad y distracciones rutinarias.

Donde una despedida rutinaria es un engaño y una trampa que los dioses ponen en el futuro de los días vividos, cuyo velo desaparece con la amarga notificación de un adiós final que no llegó, ni llegará. Que quedó ahogado en una escena imborrable, con una rosa lanzada al foso, y una promesa de un encuentro futuro por la matriarca que le legó aquél arcoiris, a nuestra protagonista.

De cabello engañosamente oscuro, matizado con la luz en un castaño, piel blanca y ojos expresivos, rostro armónico de dulces gestos, nariz mediana y labios finos. Cuerpo esbelto, sin ínfulas o ambiciones de modelo, porque la sencillez y la ternura del ser eran su evidencia pura. Y a la vez su efervescencia para defender lo que sentía, pensaba y deseaba. Otra herencia de su almibarada madre.

Ferrea ésta, nonagenaria, aún la recuerda, y con resignación y fortaleza, evoca el trágico final, en la mecedora universal con la que de niños jugábamos, atrásadelanteatrásadelanteyviceversaeninfinitoimaginado. La angustia y el furor de una noticia inesperada en pleno día de madres, amalgamada con el recuerdo de una existencia dada a compartir, a endulzar a los cercanos, con un tacto mágico que se desvaneció en el mismo momento del fatídico culmen, principio y fin disueltos, embarrados en la historia familiar... Recuerdos, evocaciones de niño, puñaladas incomprensibles e insensatas, misterio incierto que no vale la pena escudriñar... Sólo la mezcla entre un llamado traducido en un angustioso "mataron a la dama rosada", y la reacción sorpresiva, amargo trago con sabor a metal ácido donde en par de segundos se ubica la realidad, se aterriza o se irrumpe en un mundo de impotencia y desespero, que el mismo tiempo, al fracturarlo en el contraste con aquél momento, intenta dar una tregua muy efímera de tranquilidad, que una madre difícilmente concertaría.

jueves, 7 de abril de 2011

Los delirios del fantasioso

Las ideas que llegaban a la cabeza de Víctor eran tan numerosas como gotas de la más copiosa lluvia. Chocantes, diáfanas, plenas, difusas, pasivas, agresivas, arrebatadoras, pacificadoras, etcétera. Caos total, un brusco bosque mental sin salida, con variados matices que al final no tenían definición. Una pistola en la cabeza y un purgatorio no tenían diferencia. Cuando se piensa de esta forma, el panorama se diluye, la identidad y la capacidad de distinguir se confunden con lo irreal, la brecha hacia la fantasía se convierte en un pincelazo abstracto de un artista anónimo que quiso hacer de su ocurrencia un dogma universal.
Hacía tiempo no ponía en marcha sus proyectos. Una barba mal cuidada, unas greñas dudosamente lavadas con agua - de buena suerte el agua sucia era un avance -, unas manos limpias - él batallaba con la pulcritud de las manos pues "ellas expresan nuestro ser", decía -. Una amalgama de confusión con un impotente deseo de orden propio podía ser una definición de este peculiar sujeto.
En ese estado de "descuido", no podía esperarse algo más que la natación mental en unas aguas dicotómicas. Turbulentas y pasivas, claras y difusas, angustiosas, temibles y tranquilizantes. Augurios equivocados eran los garrapateos que su imaginación desplegaba. Una y dos, tres, cuatro, cinco, siete, veintisiete, mil treinta y ocho, billon y medio con trescientos mil sesenta y cinco veces, creaba y recreaba posibles pasados, presentes y futuros, éstos, un mismo presente que sería pasado y futuro y la típica mierda al fin y al cabo, inasible.
Reconstrucciones tormentosas o purificadoras, amigas de la plenitud o emisarias de las más profundas agonías. Personajes reales, amores trasnochados, rancios y con la fecha de vencimiento caduca desde hace rato. Presente perfecto, distorsionado por las hipótesis, especulaciones falsas en el maremágnum de felicidad, amasijo inexacto de lo bueno y lo malo, esto último sin fundamento, porque sólo es conjunto de palabras que forman frases para ordenar lo que no se quiere ordenar.
Personajes falsos que venían en rescate de la adversidad, o en detrimento de la conformidad. Invenciones paliativas y destructivas, enfermedades aludidas, bienestar evadido, arco iris engañoso, barroquismo de circunstancias y sensaciones, de evidencias, remolino y bucle existencial, túnel absorbente, transporte de la destrucción anulando lo concreto.
Esa era la tarde de Víctor, sediento de su propia reivindicación y a la vez satisfecho por evitar la procesión de condicionales voluntarios e involuntarios por ausencia de claridad y sensatez. Ojos huraños, desconfiados y burlescos, fantaseando y delirando, celebrando y maldiciendo, orgulloso de la felicidad tejida en la trama del trasegar proporcionado en el ciclo condicionado.