viernes, 3 de abril de 2009

Soledad sin soledad, paradójica realidad

Don Ovidio acababa de preparar el rápido desayuno. Un pan aplastado en una pequeña cacerola con una ínfima cantidad de grasa de cerdo - tras la ausencia obligada de la mantequilla - era el primer alimento en la jornada de este solitario hombre. El líquido pasante era un poco de agua lluvia recogida en la noche anterior, hervida, para disipar las impurezas que podía contener.
Su viudez era aparente, casi siete años con la soledad como su nueva esposa se evidenciaban en su senil rostro, lacerado por el tiempo, y con mayor intensidad tras la muerte de Odilia, la mujer que lo acompañó en las buenas y en las malas, que nunca desistió del matrimonio pese a su trabajo, que le dio un hijo que ahora se encontraba en el extranjero, que lo quiso como siempre y que jamás un solo segundo se olvidó de él.
Había sido militar en sus años mozos. Desde los dieciséis se había enlistado, participando en un sólo conflicto de gravedad, aquella guerra fronteriza con el país vecino en la que demostró sus aptitudes - percibidas previamente por sus superiores - tras defender casi en solitario uno de los sitios estratégicos para la entrada del enemigo del momento. Tenía veintinueve años, y llevaba diez de casado con Odilia, quien a muchos kilómetros de distancia le esperaba, pletórica de anhelos, rebosante de cariño para Ovidio, su militar favorito.
Esa guerra fue su gesta. Terminado aquél conflicto, fue condecorado por el presidente y reconocido por muchos como héroe de guerra. Fueron buenos tiempos. Transferido a la capital, como guardia presidencial, pasó casi dos años, cobijado por los privilegios de estar cerca del jefe de la patria, mandó traer a su esposa y tras las circunstancias, este matrimonio pudo gestar su único hijo, bautizado como Rafael.
Terminado el período presidencial de su mecenas capitalino, Ovidio fue trasladado a un puesto de control en otra de las fronteras del país, una zona selvática y desolada, olvidada del estado, donde cada seis meses llegaba una cuantiosa pensión que era acumutiva de cada mes, pero que debido a la lejanía, sólo llegaba semestre por semestre. Cierta cantidad de ella era enviada a Odilia, quizá mucho más de la mitad, pues a él no le importaba vivir con poco, para poder propiciarle las mejores condiciones a ella.
Los tiempos en la selva fueron duros, nueve años que parecieron casi treinta, donde Ovidio casi muere por el tedio, la soledad y las enfermedades contraídas durante su estadía. Tuvo que dar sepultura a dos de sus compañeros durante aquella época. Solamente tenía a su mando cinco soldados, y así fue siempre, caso distinto al del país fronterizo, quien mantenía un contingente de cincuenta soldados, que incluso atravesaban la frontera sin reparo de Ovidio y sus subalternos; incluso, llegaron a forjar amistad, donde vivían al vaivén, de país en país.
Algunas veces, él se trasladaba hacia las tierras vecinas y bebía cerveza con los militares de ese país. Incluso los víveres y muchos elementos de uso cotidiano eran comprados allí, porque en su país a duras penas podía obtener algunos granos y con suerte, un jabón para labores higiénicas.
Los ahorros en sus tiempos laborales prácticamente fueron destinados a los estudios de Rafael, y a una hacienda que llegó a ser extensa durante los buenos años. Tras la jubilación de Ovidio a sus cuarenta años - aún estaba muy joven -, la familia, la hacienda ganaron toda su atención. Pero la sequía llegó un par de años después, y los precios de la tierra cayeron. La crisis se hizo general, y la hacienda casi llegó a ser vendida completamente. Lo único que logró rescatarse de ella fue la casona con un solar muy pequeño comparado a lo que había sido la gran hacienda.
Allí era donde vivía Don Ovidio, vestido de viudez y calzado de temores, arropado por la constante e inminente soledad. A sus seniles setenta y cinco años, a veces lograba vender algunos de los tomates que cultivaba y con ello sobrevivía un poco. Su hijo nunca volvió a la casa, ni a llamarle, ni a escribirle. Lo último que se supo era que vivía holgadamente en el extranjero, era un publicista un tanto laureado en su entorno.
El aguadulce con un poco de leche fresca de vaca recién ordeñada era un manjar que en pocas ocasiones recibía Don Ovidio tras un bello gesto de su vecina Ofelia, otra mujer viuda que vivía en circunstancias parecidas a las de él. Eran buenos amigos, conversaban demasiado. Tal situación propiciaba la posibilidad de olvidar la soledad y la amargura hijas del olvido. Quizá un amor de otoño pudo haber acaecido, pero cuando Don Ovidio comprendió que así era en realidad, los restos mortales de Doña Ofelia habían sido depositados en el cementerio tres meses atrás.

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