domingo, 5 de marzo de 2017

El Quindío y la tragedia de aquel 99 (remembranza)

A mediados de los años noventa, ya mis abuelos maternos habían dejado la amena vida en el campo quindiano y las acogedoras fincas de Montenegro para radicarse en la urbe, concretamente en Calarcá; llegaron a un caserón inmenso, de dos pisos, ubicado en una de las arterias comerciales de la localidad, que desafortunadamente se hallaba muy deteriorado a causa de esa ecuación que conjuga la inclemencia del tiempo con la falta de mantenimiento riguroso; empero, su imponencia evidenciaba que alguna vez tuvo mejores días; a pesar de esa decadencia, era hermoso y llamativo.
Se decía que allí vivió el abuelo de quien era el alcalde del pueblo por aquellos días. Sinceramente, esto puede no tener mucha relevancia, porque ni recuerdo quién era ese alcalde ni menos su abuelo, pero la sensación que yo tenía era casi la de ahora: Calarcá es una localidad fundada en 1886, resultado de esa ola decimonónica de migración y apropiación de la tierra conocida como la colonización antioqueña; no es un lugar tan antiguo si se piensa en los términos político-administrativos contemporáneos, y, de niño, yo sentía cierta proximidad temporal con ese abuelo del alcalde. Ahora, visto en perspectiva histórica, y reiterando la “juventud” del pueblo, pensaría que, hacia 1994 –época en que mis abuelos arribaron al caserón mencionado– ese edificio podría tener menos de cien años, teniendo en cuenta que no estaba tan cerca del parque principal.
A finales de ese año yo cumplí los ocho años de edad y a principios de 1995, el abuelo falleció; él tuvo la intención de restaurar la casona pero luego desistió de la idea y además la muerte truncó sus posibles proyectos; en años posteriores ocurrieron algunos temblores de tierra y uno de ellos, tal vez en 1996, motivó a mi abuela a realizar las gestiones para demoler la vivienda y construir una nueva, con más condiciones de resistencia. En 1997 se llevó a cabo todo el proceso y hacia 1998 se tenía una casa “híbrida”, con dos grandes habitaciones bien cimentadas, con bases propicias hasta para resistir cuatro niveles, ubicadas en la parte delantera del terreno –la que da a la calle–, con un patio intermedio que continuaba las fuertes bases y remataba con unas habitaciones hechas en madera, que en realidad era reciclada de tablones y otros elementos de la antigua casona; en ese sector de la casa también se ubicaba la cocina. La construcción de material estaba en obra negra y era algo rústica, lo cual generó comentarios despectivos en algunos lugareños o transeúntes, quienes consideraban que “afeaba la zona”.
Y así llegó el trágico 25 de enero de 1999, una fecha que, así suene a frase de cajón, partió en dos la historia de las tierras quindianas: un sismo de gran magnitud cobró innumerables víctimas y causó enormes estragos en el eje cafetero; los dioses griegos se ensañaron especialmente con las tierras quindianas. Apenas a eso de las 6 de la tarde, aproximadamente, me enteré de lo ocurrido, justo cuando regresaba del colegio a la casa; una tarde algo gris, y el silencio, preocupación y consternación eran comunes denominadores en mi casa. Los nacientes canales privados de televisión estaban cubriendo la novedad de manera intensa y dedicada. En adelante, llegaron varias horas de tensión e incertidumbre. Afortunadamente, con el paso del tiempo, fueron llegando alentadoras noticias: ninguno de nuestros familiares o allegados pereció en la tragedia; tal vez hubo algunas pérdidas materiales, pero lo más valioso, la vida de cada uno, permaneció. Finalmente, a eso de las 11 de la noche supimos que la abuela estaba bien y así pudimos reposar de la angustiosa vigilia.
Recuerdo que toda esa incertidumbre me generó un cuadro febril y me la pasé todo el martes 26 al tanto de las noticias; vi con horror y tristeza cómo una región tan bella había sido brutalmente transformada en angustia y muerte, en desolación total para los ánimos de algunas personas, en resignación e invitación a la perseverancia para otras: varios lugares que yo conocía perfectamente habían caído.
No recuerdo que día exacto pudimos comunicarnos directamente con la abuela y los tíos, pero tuve la oportunidad de conversar con ella y sentir felicidad en su voz y en sus palabras: era la gratitud a la Providencia por estar con vida y además la oportunidad de dar la mano a otras personas, representada en la condición de albergue que tomó la nueva casa: 42 personas, víctimas de la tragedia, con sus viviendas destruidas o en riesgo de colapsar, residieron allí por varios días; la abuela estaba contenta porque su lema de hacer el bien sin mirar a quién estaba realizándose y me dijo que ya podía morir tranquila. Vivió otros catorce años en los cuales fue reconocida por esos vecinos como “la abuela”; su carisma, su calidez y hospitalidad fueron los referentes que toda la vida la distinguieron y se apuntalaron en esos tiempos aciagos de la calamidad regional, en beneficio de la comunidad cercana a su hogar. La casa nueva, despreciada por algunos se convirtió en faro de convivencia durante un lapso de tiempo.
Ayer se cumplieron dieciocho años del terremoto ocurrido en el Eje Cafetero; cada año se realizan, de manera oficial, actos conmemorativos con relación a la trágica fecha, que arropan, al menos simbólicamente, a las personas que vivieron en carne propia los estragos de la catástrofe. Ese 25 de enero de 1999 fue traumático, y yo viví, a la distancia, una pequeña parte. Este escrito es una pequeña reflexión con aires de reminiscencia; no soy quindiano, y mis abuelos no lo eran, pero se establecieron en esas bellas tierras y allí pasaron sus últimos días; eterna gratitud y amor a esa región, siempre anhelo volver y prometo hacerlo al menos una vez por año.

martes, 19 de abril de 2016

Al actor favorito

Casi todos los días que debía salir a alguna diligencia o a cumplir con la rutina, podía ver a don señor sin camisa, con unos pantalones de paño y chanclas, sentado en una silla plástica en la acera de su casa. No recuerdo con exactitud cuándo fue la primera vez que lo vi, pero siempre tuve la imagen de que era un viejo huraño, quizá por su cara de pocos amigos, cual perro bulldog, aunque esa raza animal al final es gentil. «No juzgar por las apariencias». Ese mensaje, en un gran letrero de plástico o tal vez en un tablero electrónico, debería estar en muchos lugares donde nos movemos, donde hacemos nuestra vida.
El caso es que en la imaginación y la fantasía literaria, empecé a imaginarme como émulo de Víctor Gaviria y el neorrealismo italiano de sus producciones, y en las mías, siempre creadas mentalmente, incluía a don Heraclio -o don Heliodoro, o como se llamara-. Me imaginaba incluso un diálogo hipotético, en el cual le proponía que hiciera las veces de un mafioso de poca monta que iba a un lupanar lleno de jovencitas y le daba por sobrepasarse, de manera exageradamente morbosa y ruin, con la más tierna, ingenua, desamparada y primeriza en un oficio que difícilmente muchas disfruten. Seguramente por razones crueles terminó metida allí. Ella, a su vez, presa de pánico, terminaba siendo defendida por algún personaje secundario -lavaperros de otro mafiososo- que luego tomaría un papel más protagónico, luego de enfrentarse a ese pequeño capo de pueblo.
Era el perfil al que podía aplicar don Heraclio, al menos así lo veía yo. Entonces le conté a mi hermano la idea y nos volvimos cómplices de una simulación, de una situación en que yo le extendía la propuesta al señor y que este ardía en ira y me despachaba de su casa a punta de improperios bien sustanciosos y rebuscados. Lo terminé etiquetando como «mi actor favorito», por decir que se ajustaba a ese perfil de viejo morboso y degenerado, que usaba términos soeces y grotescos. Cada momento en que transitaba con mi hermano esa zona, buscábamos al personaje y empezábamos a recrear, una vez más, la simulación y las respuestas cargadas de indignación.

En los últimos tiempos, dejamos de verlo en su silla plástica, mirando con cara de pocos amigos y amonestando a sus nietos. Parece que ya no está, porque las últimas veces se le veía reducido, cansado, enfermoso. El actor favorito dejó este mundo y no pude proponerle que hiciera parte de mi película. De todas maneras, ya la realicé muchas veces en mi mente, porque no soy director de cine y no creo que me meta en ese negocio.

lunes, 16 de noviembre de 2015

Pareja Perfecta

Era el tipo de pareja ideal. Llevaban seis años de conocidos y tres de noviazgo. Mitad y mitad. Suficiente cantidad de tiempo para construir amistad y cimentar relación íntima. Todo comenzó de una manera que muchos llaman "casual", incluso muy "cliché". Martes por la tarde, a eso de las cinco, John iba en el bus, ya sólo quedaba un puesto y era al lado de él, Jenny se le sentó al lado, venía cansada de las piernas -trabajaba como mesera y así se pagaba los estudios universitarios-. Incluso podría decirse que "el hielo se rompió" de una manera sosa, común y corriente, John se hizo el gracioso, hablando del clima, "qué calor tan inmundo, estoy que reviento", ella asintió, al principio tímida y con algo de desidia "mmm... Sí", monosílabos, pero por alguna razón, al hombre "le fluyó" repertorio verbal y de un momento a otro, logró empezar a arrancarle sonrisas -porque, no deberíamos ser injustos con nuestro personaje, tiene humor fino, sabe "aplacar auditorios"- y así obtuvo datos de contacto de la señorita.
Salieron muchas veces, no se interesaron de inmediato por concretar relación de pareja, eran personas pacientes e interesadas por disfrutar y apreciar cada instante de la existencia, sin forzar situaciones o concreciones. Incluso fueron confidentes recíprocos, porque cada cual tuvo romances y desengaños con otras personas durante esos tres años. Una tarde se dieron cuenta que podía funcionar y listo, le imprimieron otro tipo de trascendencia a la interacción. Se lanzaron a otras ligas muy diferentes.
Y les funcionaba. Había cariño y devoción de parte y parte, confianza, diálogo, cariño, respeto, proyección. Amor. Muchas personas cercanas envidiaban su unión. Algunas casi de manera obsesiva, es que todo era perfecto, por no encontrar palabra mejor para describir lo que denotaba esa bella pareja.
Jenny, una experta en la Administración de Empresas, curtida especialmente en la legislación mercantil, podía asesorar a quien quisiera. Brillante, dinámica, inteligente. Detallista y hogareña, también. Una mujer integral. John, por su parte, un avezado arquitecto. Muy respetado en el gremio, ganador de distintos premios y reconocimientos, una joven eminencia en la materia, con sus treinta y un años, prometedora carrera.
A juicio de "los demás" sólo les faltaba dar el paso esperado en esas historias románticas. Ellos aún no se decidían, porque ahorraban, ahorraban mucho, para comprarse una hacienda campestre -se nos olvidó contarles que amaban el campo enormemente- y sólo viajar a la ciudad para responder a sus ocupaciones profesionales. También amaban viajar, lo que ocasionaba que no hubieran tomado con más inmediatez la idea de oficializar -en términos religiosos- la convivencia.
Las veladas de carácter social, en esas que se integraban con sus círculos de amigos, eran gratas para todos. Esta pareja fungía como excelentes anfitriones. Más allá de una atención meramente material, eran maravillosos conversadores y tenían talento para agasajar incluso al más parco y malhumorado. "Ehhhh qué bacanería reunirnos con esta gente", "definitivamente me subieron el ánimo, me hubiera pesado no venir", "no cambio este plan por otra cosa". Esas y muchas más, frases tipo reflexión sintetizada cotidiana, las más usuales entre el círculo de allegados. Ciertamente, Jenny y John, John y Jenny, brillaban.

"No le toquen los viernes a esta pareja, les gusta la privacidad. Mmmm, seguro se van a "darse lo suyo" ", una frase de doble sentido, también se repetía en el jovial grupo de amigos.

Los viernes, días especiales entre ellos, ciertamente.

Caminando por las calles oscuras del barrio de John, esta pareja tenía una particular afición. Manoseaban a cualquier anciana o persona mayor que vieran en el camino. No, qué diremos manoseaban, la ultrajaban, porque era violentar, bruscamente, las estructuras rutinarias de esas personas, que tenían unas bases morales, propias de su época, de su contexto, del entorno en que se formaron. Sí, John y Jenny eran aberrados al juicio de muchas personas, o desde la óptica de esas mismas víctimas y, por supuesto, desde la ley.
Callejones oscuros, mucha arboleda que cobijaba las vías, porque los árboles, a cada costado de las carreteras, formaban una especie de arco que tupía aun más esos escenarios de tránsito humano y cotidiano. Eran los lugares perfectos para que nuestra romántica pareja hiciera de las suyas. John siempre tuvo una obsesión por pernoctar en la privacidad de los demás, aunque había sido criado en una familia conservadora que siempre le prohibió "irrespetar al otro". De esa forma, a pesar de haber tenido numerosas oportunidades de satisfacer ciertas necesidades fisiológicas, sentía otras curiosidades, por llegar a "algo más". Y por eso, empezó a "explorar" en otras direcciones.
Jenny, por su parte, cuando inició la relación con John, era algo ingenua. Y por ello se fue dejando llevar en las ideas de su novio, aunque, no seamos injustos, ella también era curiosa. Luego de varios meses de repetir y replicar su intimidad de pareja, no dudó mucho cuando él le preguntó "y qué tal si miramos cómo es la otra gente? Por qué no nos acercamos? A mí me causa curiosidad tocar y forzar a otros...".
Sí. Era eso, era obligar al otro. Someterlo. Por ello, dejaron siempre indefensas y despojadas a varias ancianas. No les importó casi quedar "etiquetados" y reconocidos. Aunque eran hábiles y terminaban por recorrer distintos vecindarios. De esa forma, por un buen tiempo, lograron cuidarse de terminar a merced de la ley, de la justicia.
Eran los viernes de ellos, de pareja. John cerraba el paso a sus amigos. "Es que es nuestro viernes de intimidad, vamos a hacer cositas ricas". Y sí, para ellos, eso era hacer cositas ricas. Manosear -y quién sabe qué más- a las ancianas. Ancianas que venían de misa de seis, u otras que venían de las misceláneas, de las tiendas, de las panaderías, de hacerle visitas a sus amigas ancianas, igualmente. Ciclo repetitivo.
Era el tinglado de dos individuos que se unieron, inicialmente, pensando y proyectando una construcción. Posteriormente, exploraron otras cuestiones.

Era una pareja "perfecta".

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Bohemiamente gastronómica

De entrada, el local parecía estrecho. Las paredes -ahora atestadas de cuadros con distintos motivos y contenidos- denotaban la antigüedad de la casona que había existido antes de pensar en fomentar "la iniciativa" de sustento económico familiar. Un par de mesas de madera con unas tres sillas cada una (del mismo material) y la barra enorme de madera, con bancas cuyos asientos estaban más elevados, unos estantes ubicados detrás de la barra, de los cuales el encargado -usualmente el dueño- escogía las diferentes bebidas que allí tenía para surtir a sus clientes, para inventarse cócteles y agasajar cada jornada, según las necesidades de cada caso y un pequeño umbral que daba a la cocina, terminaban de adornar o "dar forma" a la primera parte del recinto, que por cierto, era habitualmente muy oscuro y cuyo servicio no era otro más que ofrecer ocio, a cambio de diferentes precios, según el nivel del bienestar deseado.
La segunda parte -ahora que han pasado tantos años- se hace más difusa. Algo así como un salón enorme, mucho más oscuro y provisto de mesas y sillas que la zona principal. Tal vez por ello las viejas paredes contaban con telarañas -a manera de adorno-, ahorrando así el uso de más cuadros como decoración. Cada mesa estaba ubicada al lado de una pequeña pared modular, elaborada en madera. Era entonces, preferiblemente, el espacio para desenvolver las citas amorosas o los intentos por lograr que el amor o la satisfacción fisiológica fueran realidad y no pura imaginación.
Era una pizzería. La mejor que he visto, hasta ahora. La disposición del lugar, la atención al cliente y, sobre todo, la calidad del producto estrella, le merecen tal o mejores adjetivos. Salami, hawaiana, jamón: solamente tres recetas del mismo plato y sin embargo, el matiz no se perdía. De esa pizzas algo gruesas, con el jamón algo "torcido" porque al parecer en la preparación se ponía de último, encima del queso, el cual podía quitarse y la masa se veía algo húmeda, pero no por ello se perdía el sabor... Esa era, la pizza del pueblo.
Llamaremos León al encargado, porque tiene cara de llevar ese nombre. Creo que lo hacía por hobby, por afición, por eso que llaman "amor al arte". Su negocio era su pasión. No era expresivo ni jovial, no hartaba de lisonjas ni zalamería a sus clientes, simplemente desempeñaba su papel, y eso no lo convertía en mero instrumento de provisión de dicha temporal: seguía siendo una persona importante, porque mantenía un espacio inigualable.
Ni siquiera llegué a ingerir bebidas alcohólicas allí, apenas era un imberbe derrotado por el acné y las fantasías desaforadas de amor, furor de encuentros sexuales que no llegaron, fama y logros vacuos y frívolos. Refresco y pizza. Nada más. Tal vez en las fantasías de años posteriores, me imaginaba acudiendo allí, degustando el alimento y embriagándome al son de una tertulia provechosa si ésta era sinónimo de convivencia y comunión con los interlocutores, sin importar quiénes fuesen.
Para desgracia de los feligreses de esa secta gastronómicamente bohemia o bohemiamente gastronómica -qué más da, inventemos adjetivos inexistentes, la ocasión lo vale-, León un día se cansó, o quebró, o sus papás, hastiados de ver cómo "el niño" había perdido ingenuidad y hacía más de treinta años sabía lo que era una polución nocturna y que aparte, se gastaba los ahorros encaprichado con un negocio que en algún momento dejó de generar ingresos, habían decidido cerrar y arrendar a otra persona, que tuvo la mejor idea jamás concebida: establecer una tienda de ropa.
A veces se veía a León por ahí. Parecía incompleto, o así me lo quiero imaginar, y me provocaba sacudirlo de manera belicosa e increparlo, cuestionarlo, juzgarlo, embestirlo con mis numerosos por qués, o inundarlo de muchísimos por favores, para que me explicara la razón del final (qué insensato, lo bueno se acaba un día, no hay que patinar tanto en lo mismo), o para que atendiera mi invocación a restaurar lo derruido.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Religión individual

Todas las noches, a eso de las 8, logra la misma tregua con el tiempo: recostarse en la cama y ver televisión, o revisar los textos de sus alumnos, pupilos y empleados. Pero, en la mayoría de los casos termina viendo las aburridas telenovelas de la programación nacional. "Todo un académico y fregándose con estas huevonadas", pensaba con algo de amargura y a la vez, comicidad. Acepta esa rutina, porque ha sido un pacto jamás firmado que alguna vez hizo con el dios de las ocupaciones, con ese mismo que un día le abrió la puerta al éxito personal y profesional, pero de manera traidora, lo lanzó a un maremágnum de tensión, arduas y tediosas tareas repentinas y a la repetición cotidiana de una vida alejada de sus sueños juveniles de libertad.
Ritual diario, religión individual: tres y media de la madrugada, rrrrrrinnnnn suena el reloj antiguo (era de su abuelo, una gallina que picotea unos granos y hay que darle cuerda para que la alarma se active a la hora planeada), se levanta, siempre con sus calzoncillos narizones (harto incómodos, el escroto velludo, arrugado y colgante se abre camino, se evidencia por fuera de la tela), sale descalzo en dirección al baño (que queda a unos quince metros fuera de la habitación), la casa es de piso de madera, y el clima varía, unas veces el frío golpea fuertemente, en otras, el calor permite que las huellas sudorosas marquen el tablado... Orina, empujando con fuerza, le da afán "vaciar el tanque" y por eso afana la meada. Busca el radio viejo que tiene en la sala (unos cuatro metros después del baño, esa sí está alfombrada), lo enciende y empieza a escuchar la sosa emisora de siempre (el viejito renegón, lleva cuarenta años con su programa, despotricando de los mismos políticos, la rueda gira igual así pase el tiempo). Se devuelve al baño, esta vez sí se sienta, excreta con algo de paciencia (si a cinco minutos enfriando las nalgas en la gélida taza puede dársele ese adjetivo), y luego, a la ducha. Agua fría, dos minutos. Se seca "bien", sale otra vez para la habitación, se viste rápidamente. Luego se prepara un desayuno ligero, pan tostado, mantequilla, un rectángulo de quesito, chocolate y un par de galletas de soda...
No vale la pena explicar con detalle su rutina laboral, basta decir que tiene automóvil particular, que se aguanta los distintos embotellamientos para entrar a la "gran ciudad", sigue escuchando la misma emisora, llega a la universidad luego de casi dos horas de viaje, la oficina queda en el fondo, es una eminencia en su profesión y por eso se da (le dieron) numerosos privilegios, la secretaria ya está en su escritorio adyacente al recinto de ese reconocido docente y administrador académico, hay varios papeles y documentos pendientes por revisar... Y así se va el día, almuerzo afanado y pequeño, incluso llega frío hasta la oficina, sigue la tensión y a la vez la emoción de esa misma rutina.
Siete y cuarenta y siete, está regresando a la casa. Día arduo, "me voy a perder la novela", ya le cogió cariño -cual síndrome de Estocolmo- a esa programación televisiva tan patética. Y luego no termina embobado con la caja multicolor, ese día prefiere leer, eso al menos, en algo, enriquece, o así parece.
Luego, rolliza, con senos caídos pero enormes, pliegues abdominales que cubren el vientre y el sexo, cubiertos a la vez por una tela transparente color marrón que es el baby doll, descalza (algunas várices asoman), cabello castaño recortado, nariz aguileña, ojos hundidos, mejillas algo colgantes (los pezones son grandes y se alcanzan a notar a pesar del "vestido", erizados por el frío nocturno. El candor asoma y el ambiente parece reverberar...

... Gestos de gruñido nada eróticos son la respuesta emitida por él, acompañada de una especie de reprimenda o cuestionamiento, "hoy no, qué no ves que estoy concentrado revisando este artículo? Mañana hay que trabajar, dejáte de pendejadas, vení a dormir o seguí en lo tuyo", se vuelve hasta cantaleta y el discurso crece mucho más, "ya la cagué", piensa ella algo abrumada, se queda ansiosa y antojada, le tocó el auto estímulo, complacencia de sí y para sí. Esa parece ser su religión individual. Lo peor, lleva casi diecisiete años en las mismas.

martes, 10 de abril de 2012

La Dama Rosada

"Siempre desempolvada historia que el tiempo jamás narrará en blanco y negro, porque la dulzura y la vitalidad de su protagonista fueron los pigmentos genuinos que adornaron una existencia, un derredor" fue el juego de palabras con sentido que terminó tarareando el joven aprendiz de la vida, mientras recordaba a esa mujer que conoció y a la vez no pudo terminar de descifrar, porque ello sucede cuando las circunstancias arrancan de tajo a quienes tenemos cerca, en momentos donde la atención se confunde en un tupido bosque de ingenuidad y distracciones rutinarias.

Donde una despedida rutinaria es un engaño y una trampa que los dioses ponen en el futuro de los días vividos, cuyo velo desaparece con la amarga notificación de un adiós final que no llegó, ni llegará. Que quedó ahogado en una escena imborrable, con una rosa lanzada al foso, y una promesa de un encuentro futuro por la matriarca que le legó aquél arcoiris, a nuestra protagonista.

De cabello engañosamente oscuro, matizado con la luz en un castaño, piel blanca y ojos expresivos, rostro armónico de dulces gestos, nariz mediana y labios finos. Cuerpo esbelto, sin ínfulas o ambiciones de modelo, porque la sencillez y la ternura del ser eran su evidencia pura. Y a la vez su efervescencia para defender lo que sentía, pensaba y deseaba. Otra herencia de su almibarada madre.

Ferrea ésta, nonagenaria, aún la recuerda, y con resignación y fortaleza, evoca el trágico final, en la mecedora universal con la que de niños jugábamos, atrásadelanteatrásadelanteyviceversaeninfinitoimaginado. La angustia y el furor de una noticia inesperada en pleno día de madres, amalgamada con el recuerdo de una existencia dada a compartir, a endulzar a los cercanos, con un tacto mágico que se desvaneció en el mismo momento del fatídico culmen, principio y fin disueltos, embarrados en la historia familiar... Recuerdos, evocaciones de niño, puñaladas incomprensibles e insensatas, misterio incierto que no vale la pena escudriñar... Sólo la mezcla entre un llamado traducido en un angustioso "mataron a la dama rosada", y la reacción sorpresiva, amargo trago con sabor a metal ácido donde en par de segundos se ubica la realidad, se aterriza o se irrumpe en un mundo de impotencia y desespero, que el mismo tiempo, al fracturarlo en el contraste con aquél momento, intenta dar una tregua muy efímera de tranquilidad, que una madre difícilmente concertaría.

viernes, 8 de abril de 2011

Relato del infierno

Sigo sin entender para qué escribo, si la inmensa mayoría de las personas se reirán de las trivialidades que aquí plasmo como preocupaciones. Pero mi razón es terca y quiere escribir. Pues estimado lector, si vas a reír destas confidencias, ríete lejos de mi presencia.

Mucho podría escribir en estas bastas páginas, pero el tiempo me reclama factura por hacer de él liberal manejo; para colmo de males, te distraigo, con fanfarronadas porque me avergüenzo de comenzar.

Ahora suenan fúnebres vuvuzelas y se escucha el llanto de un varón. El cielo de carga de nubes que lo acompañan en su tristeza. Se siente el temor en el ambiente. Ella se acerca, con una alegría mal disimulada -ella es feliz-, y se dispone a darle el pésame al agobiado varón: "pero podemos ser amigos, no te sientas mal, que yo te estimo mucho". En ese momento la tierra, en un momento de lástima, se abre en dos y el hombre cae en las llamas del tormento infernal.

Ahora, pequeño lector, ya que has reído hasta el cansancio, te confieso que la escena que acabo de narrar es una pesadilla que me consume, sin haberme sucedido aún esta vez. He salido varias veces del infierno y he reído; pero hoy, estoy más cerca del llanto y de las hogueras del subsuelo...

jueves, 7 de abril de 2011

Los delirios del fantasioso

Las ideas que llegaban a la cabeza de Víctor eran tan numerosas como gotas de la más copiosa lluvia. Chocantes, diáfanas, plenas, difusas, pasivas, agresivas, arrebatadoras, pacificadoras, etcétera. Caos total, un brusco bosque mental sin salida, con variados matices que al final no tenían definición. Una pistola en la cabeza y un purgatorio no tenían diferencia. Cuando se piensa de esta forma, el panorama se diluye, la identidad y la capacidad de distinguir se confunden con lo irreal, la brecha hacia la fantasía se convierte en un pincelazo abstracto de un artista anónimo que quiso hacer de su ocurrencia un dogma universal.
Hacía tiempo no ponía en marcha sus proyectos. Una barba mal cuidada, unas greñas dudosamente lavadas con agua - de buena suerte el agua sucia era un avance -, unas manos limpias - él batallaba con la pulcritud de las manos pues "ellas expresan nuestro ser", decía -. Una amalgama de confusión con un impotente deseo de orden propio podía ser una definición de este peculiar sujeto.
En ese estado de "descuido", no podía esperarse algo más que la natación mental en unas aguas dicotómicas. Turbulentas y pasivas, claras y difusas, angustiosas, temibles y tranquilizantes. Augurios equivocados eran los garrapateos que su imaginación desplegaba. Una y dos, tres, cuatro, cinco, siete, veintisiete, mil treinta y ocho, billon y medio con trescientos mil sesenta y cinco veces, creaba y recreaba posibles pasados, presentes y futuros, éstos, un mismo presente que sería pasado y futuro y la típica mierda al fin y al cabo, inasible.
Reconstrucciones tormentosas o purificadoras, amigas de la plenitud o emisarias de las más profundas agonías. Personajes reales, amores trasnochados, rancios y con la fecha de vencimiento caduca desde hace rato. Presente perfecto, distorsionado por las hipótesis, especulaciones falsas en el maremágnum de felicidad, amasijo inexacto de lo bueno y lo malo, esto último sin fundamento, porque sólo es conjunto de palabras que forman frases para ordenar lo que no se quiere ordenar.
Personajes falsos que venían en rescate de la adversidad, o en detrimento de la conformidad. Invenciones paliativas y destructivas, enfermedades aludidas, bienestar evadido, arco iris engañoso, barroquismo de circunstancias y sensaciones, de evidencias, remolino y bucle existencial, túnel absorbente, transporte de la destrucción anulando lo concreto.
Esa era la tarde de Víctor, sediento de su propia reivindicación y a la vez satisfecho por evitar la procesión de condicionales voluntarios e involuntarios por ausencia de claridad y sensatez. Ojos huraños, desconfiados y burlescos, fantaseando y delirando, celebrando y maldiciendo, orgulloso de la felicidad tejida en la trama del trasegar proporcionado en el ciclo condicionado.

sábado, 20 de noviembre de 2010

El día de suerte

Mario Firmenich viajaba en bus. Estaba adormecido, atisbando borrosamente las calles, llenas de personas que aparentaban felicidad. Parejas en las que el amor estaba floreciendo, buscando un bar, o una discoteca. Empleados que charlaban animados porque la semana laboral había terminado. Niños que charlaban felices mientras comían helado. Tanta felicidad asfixiaba a Mario, y le dificultaban un poco sus planes para la noche.

Al llegar a su casa, su novia lo mira con desgano y le pregunta "saldrás a beber?". Él le dirige una mirada llena de furia, pero no le responde. Camina hasta su habitación y se sienta a llorar. Quiere terminar con su vida.

Mario Firmenich es un estudiante de Teatro, que está más cerca que lejos de graduarse. Su vida era un paraíso. Hasta que, una noche, en el cúlmen de la pasión, olvidó utilizar preservativo. Ahora, vive con su novia, quien fue expulsada de su hogar al saberse la noticia del futuro parto; trabaja como cajero en un supermercado; su sueldo es una miseria, no alcanza para cubrir todas sus necesidades y las de su futura familia. Ya no mira con cariño a su "madre de mis hijos", como solía decir un año atrás.

Mientras lloraba, Mario decidió que sería mejor terminar con su vida. A fin de cuentas, es su único pensamiento, día tras día; y lo deseaba con tanto anhelo, que al bañarse para refrescarse del trajín y del sudor, resbaló y, en una aparatosa caída, se rompió el cuello...

Su último pensamiento fue "si consiguiera otro trabajo, mi vida cambiaría..."

domingo, 4 de julio de 2010

La agonía de los Santos

El mundo se acaba… el cielo está inundándose en llamas, la gente corre, desolada, buscando la salvación imposible; la bomba ha estallado.

Aunque la fuerza del artefacto ha destruído unos pocos edificios, la radiación ha penetrado en el corazón de todos los edificios -incluídos los refugios subterráneos- y la gente agoniza, viendo como su lacerada piel se desprende cada minuto, quedando en sangre viva, sólo quedando unos pocos minutos para un incierto arrepentimiento celestial, reflexionando si Yahvé, Alá, Buda, Visnú, o Josef Stalin, es el verdadero Dios, viviendo los últimos segundos en una agonía celestial, la esperanza de dejar de sufrir tan onerosos sufrimientos.

El aire se torna pútrido, infernal, abrasador, asfixiante; el olor a carne es insoportable. Los cadáveres se amontonan a lo largo de todas las ciudades del mundo. El armagedón ha llegado.

(Santos presidente, carajo!!!)

domingo, 23 de mayo de 2010

Grises concesiones

Mientras el bus avanzaba, Marco pensaba de manera angustiada y desordenada… Su joven rostro lo decía todo. Si daba la cara, era hombre muerto. No tenía elementos que pudieran salvarlo del final que le esperaba en caso de aparecerse ante Don Efraín. Sólo la memoria y los recuerdos de no haber fallado, a excepción de cometer un pecado venial ante las leyes no escritas que su máximo jefe había decretado tiempo atrás.

Marco, el guardaespaldas que hacía las veces de portero en aquél lugar, reunía todos los requisitos para ejercer de una manera “ideal” el cargo al que había aplicado una tarde en que no hallaba las posibilidades que le permitieran subsistir económicamente. De tez blanca, alto, levemente obeso, de piernas gruesas y fuertes, con un estómago un poco sobresaliente pero macizo, unos brazos que se ajustaban cual rompecabezas armónico con las piernas ya mencionadas, un cuello grueso que era observado con respeto (porque no se sabe por qué razones al mirarlo se pensaba en un tipo “duro” y cruel que no dudaría en usar su capacidad de persuasión a partir de la fuerza, si era necesario). Finalmente, su rostro parecía el de un buen sujeto, una cara un tanto larga, acompañada de un cabello castaño oscuro recortado militarmente, unos labios grandes y carnosos que mostraban bondad cuando él estaba en silencio o cuando sonreía, una nariz un poco gruesa – como esas que sólo tienen los que parecen temerle a muchas cosas –, y unos ojos pequeños pero brillantes, que aparentaban nobleza, apoyados por unas cejas oscuras y tupidas que contradecían la aparente bondad que el resto del rostro trataba de expresar, lo que podría contrariar las funciones y consignas que Marco tenía siendo lo que era en un mundo tan complejo y azaroso como en el que había decidido ingresar.

Durante el tránsito indefinido, producto del caos en el que había acabado de entrar desde la noche anterior, Marco recordaba desde el principio las razones que lo habían motivado a desertar del bar. Haber cedido, con profundo morbo y perversión ante la fuerte tentación que sintió desde el principio por Amalia, la trigueña aquella de cabello negro con castaño artificial ondulado, senos un poco caídos de pezones exagerados, manos largas y delgadas de largos dedos con uñas color rojo, rostro enjuto levemente bello y piernas trigueñas delgadas pero bien formadas, prostituta que laboraba allí y con la que él había construido una gran confianza, fue el error más grande que cometió, aunado a la vil propuesta que Don Nemesio – ese pelón y un poco obeso e imberbe socio de los negocios de don Efraín – planteó.

La carnal orgía que sería placentera, terminó en fatalidad. Don Nemesio, quien tenía a “la Amalia” entre sus predilecciones sexuales, quiso proponer algo fuera de lo común en sus encuentros con ella: integrar a “ese muchacho, el Marco, que se ve interesante, para darle bien duro a esta zorrita”, como lo murmuraba con su cara de mafioso degenerado aunque fuera un tipo muy educado y experto en asuntos de etiqueta.

Marco, impulsado por la gran tentación que siempre había sentido por Amalia, accedió a la petición del socio de su jefe. Se fueron para una suite privada que el bar tenía en el segundo piso. Desde allí se contemplaba el patio interior del bar, con su jardín adornado por unas azaleas bien cuidadas, con una fuente de agua que traía los típicos angelitos escupidores de agua por la boca. Allí, Don Efraín bebía un café bien caliente todas las mañanas, leía la prensa, mientras sus escoltas merodeaban por el recinto, atentos a cualquier cosa. Con su cabello negro engominado hacia atrás, sus cejas tupidas y oscuras, ojos grandes pero fruncidos por los párpados protuberantes, nariz aguileña y bigote engomado, labios medianos y mentón un poco cuadrado cual figura geométrica, Don Efraín se dedicaba a esperar la llegada de Ofelia, administradora del bar, que le rendía cuentas diarias sobre el funcionamiento del lugar. Todo ello desde ese patio que había sido decorado como jardín y que, como fue dicho más arriba, podía ser avistado desde la suite privada, que tenía ventanas polarizadas, las que daban al jardín y a la calle, de paredes interiores color crema, con alfombra color marrón, muebles cómodos, ruleta de juegos, mesa de billar, repisa de licores, rocola con innumerable cantidad de variada música, un sofá cama para descansar, y otro pequeño recinto donde había una cama enorme para dormir.

En ese sofá cama, comenzó la juerga triangular. Don Nemesio besaba y manoseaba a la Amalia, la desnudaba despaciosamente, para luego pasar sus manos varoniles y peludas por los lugares más íntimos de ella, quien gemía suavemente, fingiendo un poco, sintiendo levemente. Marco, estupefacto, no podía contener el caudal de morbo que se iba acrecentando. Quería participar, pero un pudor moral lo instaba a no hacerlo. Noche larga, donde Don Nemesio prosiguió en su juego de besos y manoseo casi hasta la medianoche hasta que pidió, a manera de orden, la concurrencia de Marco. “Venga pues pelao, no lo traje para mirar, venga a comer”. En ese instante, cuando parecía que los deseos pervertidos se concretarían, se sintió la abrupta irrupción de alguien en la suite, que fue poco visible, más parecía una sombra bien uniformada que les disparó indiscriminadamente con una pistola silenciadora, pero sólo consiguió atinarle a la desventurada mujer, pues Don Nemesio, de manera hábil, supo rodarse y refugiarse al lado del sofá, mientras Marco solamente se tiró al piso.

Lo de los disparos fue un elemento distractor para irrumpir sin problemas a un lugar más privado de la suite y robar una serie de documentos importantes para Don Efraín, Don Nemesio, varios de los socios restantes (eran otros cinco) y la organización en sí. “¿Qué vamos a hacer, Dios mío, qué vamos a hacer?” era la frase que comenzó a repetir Don Nemesio muy asustado al ver a la Amalia muerta, con varios agujeros de bala, tiñendo con su sangre el sofá, y al darse cuenta que los mencionados documentos, habían sido hurtados, luego de revisar la habitación dentro de la suite donde estaba la cama y una especie de caja fuerte donde se almacenaban varias cosas importantes. “Y Efraín me había dicho que aquí no hiciera nada, y menos con las muchachas”, seguía reprochándose Don Nemesio.

La angustia era grande, porque Don Nemesio notó que en la caja fuerte hacían falta unos documentos relacionados con evasión de impuestos, actas de propiedades que probaban testaferrato y compra de insumos para producción de narcóticos, listas de lugares con personas secuestradas y muertas por la organización, tierras expropiadas a la fuerza a humildes campesinos, todo ello suficiente para hundir a todos los miembros de la organización. Parecía que tal ataque había sido perpetrado por enemigos que querían prosperar a costa de negociar con el gobierno el hundimiento de otros, en este caso, de la organización de Don Efraín.

El error fatal de Don Nemesio había comenzado desde que eligió llevar a cabo sus pretensiones sexuales en la suite privada, expulsando de allí a los permanentes escoltas, pues el lugar nunca había sido usado con fines sexuales, así la cama estuviera allí. Ella sólo era usada para dormir. Para los encuentros carnales había otras habitaciones, quizá más modestas, pero al fin y al cabo, diseñadas en función de dichas relaciones. Don Nemesio había roto una regla cardinal en el uso del bar, lo que podía costarle graves problemas. La suite privada era un recinto casi sagrado en los negocios que la organización manejaba. Era el sitio de reuniones y juego de los jefes, pero nada más. Siempre debía estar bajo estricta vigilancia, con escoltas de confianza, dado el contenido de elementos importantes allí.

Marco, enmudecido, sentía haber cometido el peor error de su vida. Podía ser condenado como cómplice del ladrón misterioso y a su vez, como compinche de Don Nemesio en la ruptura de la regla jamás escrita. La condena, bien sabido en el mundo del hampa, no sería la remisión a un lugar de castigo, a llevar labores culinarias o carpinteriles, trabajos forzosos. No. La muerte era la compensación de los errores cometidos, no había excusas, no había abogados defensores que ayudaran a justificar lo acaecido. Todo ello recorría la cabeza de Marco mientras veía a un cada vez más angustiado Don Nemesio, quien en un momento cúspide de desesperación, tomó su pistola automática y se disparó bajo el mentón cerca de la garganta, cortando de un tajo su propia vida, así la bala podría llegar al cerebro y acabar con todo. Él también sabía cuál podía ser la reprimenda a su osadía.

Marco, cayendo en una angustiante desolación, comenzó a pensar en Carla, su novia, el amor de su vida. En sus cabellos negros y ondulados, que casi llegaban a la cintura, en sus ojos grandes y vivaces color castaño, en su nariz pequeña pero bien formada, en sus labios carnosos con sabor a dulce, en su tez trigueña que lo hacía suspirar… La había traicionado. Comenzó a lamentar haberse prestado para el juego que Don Nemesio había propuesto. Ahora su vida estaba enmarañada más que antes.

Rápidamente, de manera arriesgada, buscó una de las ventanas que daba con la terraza de una edificación vecina, que a su vez conectaba con otra terraza y de ésta podía partir a otra ventana donde saldría a un pasillo de un hotelucho decadente que carecía incluso de vigilancia y por el cual podría salir a la calle. Lo logró. Sin pensar mucho, ya amaneciendo, con la salida del sol, abordó el primer bus que encontró, sin saber hacia dónde dirigirse. Pensaba en su familia, en irse a casa y contarlo todo. Pero luego, una idea peligrosa lo sedujo, jugando con su ingenuidad: ir a la fiscalía a contar todo lo que sabía sería una buena idea para salvar su vida. La descartó sutilmente, pensando en el bienestar de su familia, pero tal tentación seguía navegando en su mente, de manera disimulada. ¿Qué hacer? El bus avanzaba cada vez más, y el recorrido parecía un sueño difuso, gris, opaco y paso a paso etéreo, pensando que podía ser un mal sueño, pero todo era tan real…

jueves, 13 de mayo de 2010

Ojos de pinturas

Sentado en el sofá de esa casa que le era poco conocida, Ariel observaba detenidamente todo a su alrededor. Las paredes azul cielo inspiraban paz, pero la oscuridad del lugar disparaba, de manera violenta, un enorme y profundo sentimiento de soledad. Las cortinas blancas de las ventanas, limpias, pero baratas, de poca calidad. Los muebles, color verde oliva, pese a su estrechez, eran cómodos. El baldosín del suelo, de un color café oscuro, combinaba con la oscura soledad del recinto.

Era un escenario muy sugestivo para la coyuntura por la que estaba pasando Ariel, quien a sus 20 años aparentaba una edad mayor, con su cabello un tanto largo, una barba que llevaba varios días sin ser afeitada, unos ojos pequeños pero provistos de una siniestra brillantez que hacían de él un sujeto particular que en realidad, en sus pensamientos, danzaba entre la locura y la cordura, entre un mar de sentimientos divergentes que confluían en un mismo lugar para ocasionar un caos que él eludía en su rutina y en la negación a pensar, a filosofar. Su corpulencia era comparada con la de algunos modelos de las revistas de farándula, pero su rostro parecía de un cavernícola sacado de los libros de ciencias naturales, con su nariz de poma, sus ojos hundidos y una frente prominente, con su mentón exagerado, y sus pómulos sobresalientes. Todo un espécimen para esa sociedad “moderna” de las computadoras y el Internet, de los vehículos costosos y los bares de bebidas exóticas, de relaciones fugaces, de los niños bonitos y las niñas chéveres que le verían como un tipo raro y aburrido, que no encajaba en el contexto al que por azar había llegado.

Su dilema estaba centrado en la llegada a su vida de lo que él creía una posibilidad de amor muy latente, que le costaba, a su vez, la pérdida de ciertos valores que él había tratado de mantener durante toda su vida. Criado en un entorno ultra católico, había desarrollado una ferviente atención a los mandamientos. Paradójicamente, estaba incumpliendo uno de ellos al meterse con la mujer de el que él, en su dialéctica, podía considerar “prójimo”.

Y allí, en la casa de ella, “su amada amante”, el registro de la existencia de ese prójimo era evidente en casi todos los rincones. Un pintor reconocido en su gremio que había llenado de cuadros la vivienda de su prometida, a la que rebasaba en edad. Casi veinte años de diferencia podían ser una brecha irreparable entre ambos. Aún así, Hernando Carnero, con sus cuarenta y tantos, sus notables entradas de calvo, su barba que lo hacía parecer un maduro interesante e intelectual, su nariz casi aguileña, sus ojos oscuros y opacos que parecían no manifestar algo, su mentón de héroe griego, sus labios partidos por el sol de las caminatas matutinas, con sus ademanes pausados pero enérgicos, parecía entenderse a las maravillas con Sandra, su novia.

Le había obsequiado un sinfín de pinturas con las que ella había adornado casi toda la casa, y gracias a las cuales suspiraba con alegría, evocando a ese “hombre en todo el sentido de la palabra” que la había hecho mujer, con experiencia, con su virilidad descomunal, su pecho velludo y sus manos venosas que la acariciaron bruscamente, para luego reventarle de un zarpazo la castidad que logró salvar en su adolescencia, acosada por las influencias externas que trataban de arrebatarle la niñez que había querido conservar. Con él perdió todo ello, pero ganó al habérsele entregado en un momento más maduro de su vida. Ella, con una cadera que hubiera podido ser envidiada por la más atlética de sus vecinas, con exuberantes y jóvenes pechos, de pezones exagerados, antes erizados ante la presencia de Hernando – y también la de Ariel cuando la oportunidad se prestaba –, le servía un café a su nuevo amante, mirando de soslayo las obras de arte de su amado, luego ruborizándose sutilmente al saber que traicionaba al hombre que le había dado tanto, sintiendo la mirada juvenil, ansiosa e insegura del reciente compañero de lecho que había encontrado por azares de la vida.

Él, mientras tanto, observaba con silencio, prudentemente, las creaciones de ese señor del que sólo conocía eso, su arte. Ya llevaba seis meses saliendo con Sandra, y quince días después del primer beso, habían tenido un furtivo pero ardiente encuentro sexual que les deparó mayores y frecuentes copulaciones, muchas de ellas en la casa de esta mujer, en la habitación que parecía galería de la exaltación al ego de un artista destacado, al cual adulaban constantemente – algunas veces de manera hipócrita – sus colegas.

Ariel, totalmente desnudo, tumbado boca arriba sobre la cama disfrutada por tres personas en distintos momentos, observaba detenidamente a su alrededor. Se enfocaba en las pinturas, alimentando un sentimiento de paranoia y de temor que le ocasionaba un asmático ahogo pasajero, del cual Sandra, ingenuamente, desconocía sus orígenes, pero que era diluido con la orgásmica erupción del volcán eyaculatorio. Los sujetos clásicos y posmodernos de dichas obras parecían observar, con sus ojos de mentiras, las verdades acaecidas producto de esta furtiva relación. Ariel así lo creía, y masticaba una especie de odio, asco y repugnancia contra sí mismo que se camuflaba en malestar ante el desconocido pero decisivo Hernando. Sus obras eran la extensión de él, y por ello, daban cuenta de la realidad acaecida a sus espaldas. Él lo sabía todo, pero todavía no lo reconocía, asimilaba ni adoptaba. Por su parte, el juvenil amante seguía acrecentando un mar de tormentos que serían retribuidos con la frustración de estar en un mundo que no le pertenecía.

martes, 20 de abril de 2010

Mi bella cocinera... (ó me cocino en Bello)

El insportable sopor de la tarde acechaba bajo la sombra del diván de mi sala. Allí, entredormido, un tanto aburrido, le pedía a la vida que me quitara la parálisis mental que me aquejaba en este instante. Que sucediera algo emocionante, que se chocara un carro al frente de mi casa, que asaltaran a la vecina fofa y desagradable que a diario tiraba la basura, rancia y maloliente, en mi acera, o que al menos el calor me dejase dormir.

No pudiendo soportar la sed, caminé hacia la cocina un tanto extrañado, porque sentía que la tarde brillaba más intensamente y mis pasos eran de paralítico en terapia. La cocina, oscura como boca de lobo, olía a café de greca y jabón de cocina, a sudor de mi bella cocinera, un tacón alto y de oro...

La abracé por detrás, sintiendo sus firmes nalgas, a punto de reventar su ropa, entre mis piernas, abrazando su abdomen con pasión y besando su cuello. Gritó, luego gimió, luego me besó...

El aroma ya se había esfumado... nunca hubo café, la cocina estaba seca hace horas, aunque seguía igual de oscura. Un tanto ensimismado serví un vaso de agua helada para el calor, para mi calentura, y para brindar por mi amor platónico, mi bomba sexual, la cocinera que cada tarde cambia de nombre y de aspecto, para así tener tardes emocionantes en el fuego vespertino que abrasa esta montaña, para que al menos la soledad me sirva para pensar paja y no morir con los ojos abiertos.

miércoles, 6 de enero de 2010

"Ese Judas..."

"Ese Judas que llevamos dentro", murmuró Mario Arcángel al comprender que, en su pose de hombre correcto, sólo había sido otro más al traicionar los valores y principios que tanto había profesado y vociferado, y a partir de los cuales la honra de muchas personas había vapuleado, así fuera mentalmente.
Acababa de vender a su mejor amigo, difundiendo una verdad que era un secreto no adecuado para proclamar. Ello costaba una vida. ¡Una vida! "Pero que infame, que miserable", seguía murmurando.
Toda su vida había trastabillado queriendo no equivocarse, pero mientras más se preocupaba, más se arrojaba a la fosa de los errores irreversibles. Era traidor entre traidores, así lo veía él, hasta el punto que pensaba que podía traicionar con mayor facilidad al más ruin traidor, antes que este último lo hiciera.
Sonreía melancólicamente, danzando, guiado por los arpegios del vaivén de la desesperación y la tranquilidad, a sabiendas que al día siguiente, una vida sería totalmente destruida a merced de la traición cometida.

Cristalizados

A veces, cuando retornaba mentalmente a los tiempos primigenios de su vida, se veía como un niño indefenso, lleno de miedos, nimios y enormes. El escenario a su alrededor giraba y se transformaba, llevándolo hasta su actualidad. Siempre había sido el mismo niño, su escencia jamás varió. Y eran sus ojos los que así lo reflejaban, sus ventanas cristalizadas y duras que parecían impenetrables eran, finalmente, vulnerables.
Sin proponérselo, varias veces había llamado a la musa oscura de la morada final. En momentos en que acaecían ideas desbocadas, quiso acariciar ese gélido y frugal rostro. Pero luego retornaba sin tardanza la cordura y la compostura de la que siempre se había creído garante. Ya, en tiempos más maduros, las ideas destructivas se habían disipado, fuera a merced de una mayor fortaleza mental, o producto de un distanciamiento frente a un mar de aspectos "terrenales".
En ese momento, recordaba sus temores y su infancia, acompasada y acompañada por el pánico como amigo. Se veía, y se evidenciaba cierto asomo de ternura y compasión por el niño que casi perfectamente conoció. Sonreía también al saber que aunque de él quedaba demasiado, de alguna forma lograba controlarlo.
Quizá era cobardía, evasión, impotencia para enfrentar sus miedos y sus males, de ellos algunos fantasmas que le sacudían el corazón, al que, de manera exageradamente modesta, consideraba contaminado.
O podía ser también madurez, los frutos cosechados al amparo de un arduo camino donde había tenido que tragarse su propia soberbia, pisoteándose a sí mismo, desvaneciendo ese halo tan postizo de la perfección que le habían hecho creer y asumir como una certeza ineludible desde pequeño. Volvía el temor...
O quizá la esperanza paliaba los espectros funestos... Esa savia, esa vitalidad emergente en medio de un maremágnum de desesperación, se inyectaba automáticamente en su ser y revitalizaba lo que se había estado convirtiendo en árido y estéril. Quizá, quizá era eso, la paz de la esperanza...

sábado, 12 de diciembre de 2009

Y jugaba

Con cierta frecuencia particular, Heraclio pensaba en el pasado. La punzada profunda que la nostalgia llega a producir le aguijoneaba de manera incisiva, quizá porque él lo permitía. Porque somos así, porque la voluntad abre o cierra un sinfín de umbrales en los cuales podemos fraguar causas y consecuencias en nuestro indefinido trasegar.
Caminaba con un rumbo directo, pero con una actitud descomplicada, donde la atención frente al entorno era nula o muy poca. Pensaba en tantas cosas que al final no condensaba un pensamiento fijo que desembocara en una reflexión o conclusión profunda. Pero a los pocos segundos, logró centrarse en un pensamiento relacionado con ese pasado que en muy pocas ocasiones visitaba su mente. Ella.
Recordaba con gracia los difusos momentos compartidos. Las palabras entrecortadas. El sudor frío en las piernas, el corazón acelerado y una sarta de incongruencias cuya opacidad había crecido tras el paso de los años que no perdonan el recuerdo, que castigan y lo hacen inexacto cada vez más. La rueda del tiempo particular se va desgastando cuando se va perdiendo la capacidad de asir lo que se ha creído propio, de nuestra posesión y propiedad.
Pero ello era estéril. Un recuerdo más, curioso porque de alguna manera la inconclusión existió en su tiempo, y tal disparidad producía interés por saber de su vida. Cómo estaba. Qué estaría haciendo, en qué pensaría... Qué sería de su vida... seguramente por su cabeza no llegó a pasar la idea que aquel sujeto, de manera silenciosa, le llegó a profesar sentimientos inexplicables y perturbadores.
Y jugaba con los supuestos. ¿Qué tal si estuvo a punto de toparse con ella en alguna calle del centro? Si de pronto, por el llamado "azar", esa mal llamada lotería, ambigüa ruleta de la vida, él iba caminando por alguna calle de la atestada metrópoli y ella estaba cerca suyo, rondando el mismo sector, abocados a un dual encuentro - estéril para ella, significativo para él por la curiosidad desinteresada y desprovista de sentimientos de antaño que lo embargaba -, pero cuando más cerca estaban, uno de los dos abordó un bus y el otro transitó, a unos pocos metros, desapercibido, distraído - o abstraído en esos mixturados pensamientos propios -, ¿Qué tal? ¿Si él entraba a una cafetería irrelevante para su gusto, para sus pensamientos e intereses, para su rutina, y ella estaba en el baño, mientras él compraba algún producto de rápido consumo para continuar con su fugaz tránsito por la urbe?
Tonterías, nada más, pensaba muerto de risa mientras rompía con burla y desdén un anuncio publicitario sobre algún brujo de mala muerte que promocionaba la solución a los problemas místicos y existenciales y la predicción del destino.

viernes, 9 de octubre de 2009

Viejo Árbol

La pasividad del nonagenario Antonio era admirable. Siempre fue conocida su capacidad de no exaltarse demasiado ante cualquier situación, ni siquiera tras la muerte de varios de sus hijos pudo vérsele derramar una sola lágrima. Quizá ello sucedió cuando la vida de su esposa finalizó, casi veinte años atrás. En aquella lánguida tarde, él sí derramó unas lágrimas. Aún así, una actitud estoica siempre emergía en él ante cualquier calamidad o dificultad.
Aunque cansino, su lento paso hablaba por él mismo: Muchos años vividos, acompañados por la persistencia, por la lucha constantes, sin rendición ni tregua algunas; con la capacidad de mantener la frente en alto ante la derrota y la desgracia, combatiendo las adversidades, sonriendo pacientemente ante las frustraciones. Era resignado quizá, pero fuerte e imponente, como un viejo árbol, arrugado y asolado por el paso de los años, pero resistente y poderoso en su interior. Por ello, su sapiencia, por ello su paciencia.
Cada día, agradecido con la vida, por lo que había tenido, incluso por lo que había perdido. La plenitud se reflejaba en la paz de su rostro, en la calidez de sus gastadas manos, en la mirada despreocupada ante algún advenimiento.
Sus vecinos lo notaban, las sonrisas, las palabras cordiales y bondadosas que él obsequiaba eran correspondidas con acciones y actitudes similares. Era como un viejo patriarca sin un reino terrenal. Quizá el suyo era su propio corazón, e incluso el de muchos de sus cercanos, quienes le prodigaban respeto, cariño y atención permanentes. Todo ello se lo ganó por su constante proceder, invariable, inquebrantable. Difícilmente alguno de sus herederos podría igualarlo, y ellos siempre lo supieron.
El día de su muerte, la tristeza arropó gélidamente a la gente que le rodeaba y le acompañaba. Es difícil describir la ausencia de un patriarca sin trono ni poder material. Es imposible tras el paso de los años recordar con exactitud su legado. Pero en sus cercanos, el halo de su presencia, de su paz, de su sabiduría, sigue bañándoles incesantemente. Quienes lo recuerdan, quisieran emularlo y lograr tal plenitud; en otros casos, cuando esta empresa es imposible, intentan simplemente, sonreírse al rememorar los consejos, que, cuales tesoros, él en vida les legó.

viernes, 10 de julio de 2009

Noche perdida

Eran las siete de la noche, y mi ilusión crecía con el paso de los minutos, aunque nada novedoso iba a suceder; más bien, iba a encontrarme con la mujer que tanto he querido.

Pronto partía hacia un bar, para departir con ella palabras de cariño, de romance; en pocos minutos bailaríamos al son del reggae, salsa, lo que fuera; todo era una excusa para robarle un poco de su cariño.

El tiempo pasaba al son de las gotas de lluvia que lloraban porque la Luna no se sentía tan querida por el Sol como antes, cuando podían encontrarse ambos juntos y expresarse su eterno amor.

Aquella mujer amada jamás apareció... ahora las nubes lloraban por mi soledad, por mi desplante; nunca antes habían visto a un hombre tan triste por algo que, a fin de cuentas, no valía tanto la pena... la Luna ya no creía en el amor, pero se sentía tan vinculada al Sol, que sin él jamás podría lucirse de ese hermoso traje azul que porta glamorosa entre las nubes frías pero delicadas, como el velo romántico de las noches que antes solía yo pasar con aquella mujer de mis sueños.

Había dejado de llover, pero aún tronaban las nubes, furiosas porque no podían hacer nada por mí... entre tanto estruendo mi resignación crecía como los furiosos torrentes fluidos de las quebradas; ellas también sentían impotencia por no poder calmar tan pasional corazón como el mío.

Terminaba la noche y yo, sentado en un bar, bebiendo desconsolado, recordé que siempre tenía un propósito en la vida, muy superior a encontrarme con esa mujer destinada para desplantarme para siempre; pero yo jamás entendí aquel propósito, y preferí seguir consumiéndome en el delicioso cáncer de mi amada de tres pesos, aquella que siempre estará conmigo, haciéndome humear de placer en todo momento, y en todo lugar...

viernes, 3 de abril de 2009

Soledad sin soledad, paradójica realidad

Don Ovidio acababa de preparar el rápido desayuno. Un pan aplastado en una pequeña cacerola con una ínfima cantidad de grasa de cerdo - tras la ausencia obligada de la mantequilla - era el primer alimento en la jornada de este solitario hombre. El líquido pasante era un poco de agua lluvia recogida en la noche anterior, hervida, para disipar las impurezas que podía contener.
Su viudez era aparente, casi siete años con la soledad como su nueva esposa se evidenciaban en su senil rostro, lacerado por el tiempo, y con mayor intensidad tras la muerte de Odilia, la mujer que lo acompañó en las buenas y en las malas, que nunca desistió del matrimonio pese a su trabajo, que le dio un hijo que ahora se encontraba en el extranjero, que lo quiso como siempre y que jamás un solo segundo se olvidó de él.
Había sido militar en sus años mozos. Desde los dieciséis se había enlistado, participando en un sólo conflicto de gravedad, aquella guerra fronteriza con el país vecino en la que demostró sus aptitudes - percibidas previamente por sus superiores - tras defender casi en solitario uno de los sitios estratégicos para la entrada del enemigo del momento. Tenía veintinueve años, y llevaba diez de casado con Odilia, quien a muchos kilómetros de distancia le esperaba, pletórica de anhelos, rebosante de cariño para Ovidio, su militar favorito.
Esa guerra fue su gesta. Terminado aquél conflicto, fue condecorado por el presidente y reconocido por muchos como héroe de guerra. Fueron buenos tiempos. Transferido a la capital, como guardia presidencial, pasó casi dos años, cobijado por los privilegios de estar cerca del jefe de la patria, mandó traer a su esposa y tras las circunstancias, este matrimonio pudo gestar su único hijo, bautizado como Rafael.
Terminado el período presidencial de su mecenas capitalino, Ovidio fue trasladado a un puesto de control en otra de las fronteras del país, una zona selvática y desolada, olvidada del estado, donde cada seis meses llegaba una cuantiosa pensión que era acumutiva de cada mes, pero que debido a la lejanía, sólo llegaba semestre por semestre. Cierta cantidad de ella era enviada a Odilia, quizá mucho más de la mitad, pues a él no le importaba vivir con poco, para poder propiciarle las mejores condiciones a ella.
Los tiempos en la selva fueron duros, nueve años que parecieron casi treinta, donde Ovidio casi muere por el tedio, la soledad y las enfermedades contraídas durante su estadía. Tuvo que dar sepultura a dos de sus compañeros durante aquella época. Solamente tenía a su mando cinco soldados, y así fue siempre, caso distinto al del país fronterizo, quien mantenía un contingente de cincuenta soldados, que incluso atravesaban la frontera sin reparo de Ovidio y sus subalternos; incluso, llegaron a forjar amistad, donde vivían al vaivén, de país en país.
Algunas veces, él se trasladaba hacia las tierras vecinas y bebía cerveza con los militares de ese país. Incluso los víveres y muchos elementos de uso cotidiano eran comprados allí, porque en su país a duras penas podía obtener algunos granos y con suerte, un jabón para labores higiénicas.
Los ahorros en sus tiempos laborales prácticamente fueron destinados a los estudios de Rafael, y a una hacienda que llegó a ser extensa durante los buenos años. Tras la jubilación de Ovidio a sus cuarenta años - aún estaba muy joven -, la familia, la hacienda ganaron toda su atención. Pero la sequía llegó un par de años después, y los precios de la tierra cayeron. La crisis se hizo general, y la hacienda casi llegó a ser vendida completamente. Lo único que logró rescatarse de ella fue la casona con un solar muy pequeño comparado a lo que había sido la gran hacienda.
Allí era donde vivía Don Ovidio, vestido de viudez y calzado de temores, arropado por la constante e inminente soledad. A sus seniles setenta y cinco años, a veces lograba vender algunos de los tomates que cultivaba y con ello sobrevivía un poco. Su hijo nunca volvió a la casa, ni a llamarle, ni a escribirle. Lo último que se supo era que vivía holgadamente en el extranjero, era un publicista un tanto laureado en su entorno.
El aguadulce con un poco de leche fresca de vaca recién ordeñada era un manjar que en pocas ocasiones recibía Don Ovidio tras un bello gesto de su vecina Ofelia, otra mujer viuda que vivía en circunstancias parecidas a las de él. Eran buenos amigos, conversaban demasiado. Tal situación propiciaba la posibilidad de olvidar la soledad y la amargura hijas del olvido. Quizá un amor de otoño pudo haber acaecido, pero cuando Don Ovidio comprendió que así era en realidad, los restos mortales de Doña Ofelia habían sido depositados en el cementerio tres meses atrás.

martes, 10 de febrero de 2009

Viaje al INEM

Dedicado a Lina Bedoya (quizá ese fuese su nombre), y algunas personas a quienes guardo en mi memoria.

Hoy busqué, en el sótano de mi memoria, aquel viejo y polvoriento lugar que, confinado en mi recuerdo, albergaba infantiles e inocentes actos, variadas sensaciones de la temprana adolescencia, algunas antiguas amistades y varias enemistades, cuando me hallé de frente a él, como si fuese la misma muerte de visita.

Las viejas edificaciones se veían augustas ante el dorado color del atardecer, los desconocidos rostros ahora se veían más imponentes al dorarse ante el fuerte calor vespertino... tantos años habían pasado desde que había cambiado mi segundo hogar, tan desconocidos eran para mí aquellos rostros que con curiosidad me observaban y se reían, en corrillo, a mis espaldas. Quizá se debía a la presencia de un fósil viviente, anticuado ser que ellos mismos personificarán años más tarde; a lo mejor se acordarán de este insuceso y reirán, pero recordando su propia ingenuidad de aquellas épocas...

Sin embargo, no todo había cambiado. Después de todo, los antiguos bloques seguían en pie, resistiendo la erosión y el olvido. Para mi infortunio, en un Colegio "dura más un funcionario que un maestro". Pocos eran aquellos, los de la "vieja guardia", que seguían en pie, intentando aún convencer a jóvenes divertidos, experimentadores y atrevidos, de seguir el monótono, pero a fin de cuentas reconfortante camino de la disciplina y del estudio. Muchos habían ya sucumbido ante la proximidad de la débil, pero sosegada vejez y la reconfortante recompensa por dedicar su vida a la formación de hombres.

Quienes, sin embargo, seguían allí, eran aquellas humildes personas que, si bien no aportan conocimientos profesionales a los temporales habitantes de aquel vasto campus, con algunas conversaciones, consejos, e inclusive confidencias, también ayudan a los inexpertos juveniles en asuntos más vulgares, aunque no por ello menos trascendentales. Hablo, para concretar, de los porteros, aseadores, tenderos y trabajadores de oficina, a quienes también debo multitud de gratificaciones.

Cuando aquel albergue de mis memorias estaba ya a mis espaldas, supe que me había adentrado en un lugar mutado, dinámico y sorprendente, diferente al que yo había trasegado durante largos años de mi temprana juventud. Y sé que, cuando vuelva, encontraré un lugar más perturbado aún, ya casi desconocido, en el cual quizá no encuentre vestigio alguno de recuerdo, ni de personas que pasaron por mi vida de manera fugaz pero a la vez fulgurante.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Ricardito

"Ah, otra vez" lamentó perezosamente Ricardito. Eran las seis de la mañana y tenía que salir a vender dulces en los semáforos y cualquier buseta cuyo chófer se apiadara de él. Sus diez años eran muchos para un niño de diez años. Mucho mundo, mucha lucha. Poco pan, poca retribución a los esfuerzos constantes.
Correteaba desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche. El desayuno, un pan - muchas veces rancio - con aguadulce; el almuerzo, cualquier mecato que se lograra conseguir, o la piedad de algún parroquiano que a veces acaecía le propiciaba algunos buenos banquetes personales. La comida no existía en el diccionario de sus anhelos ni de su existencia cotidiana, mejor dicho, tristemente rutinaria.
Con los ojos cansados e irritados, se subía a las busetas, promocionando los confites que soñaba poder vender rápidamente. Ya eran como cinco años en lo mismo. Pocos compraban, otros hacían malacara cuando éste subía a la buseta. Algunos fingían dormir; otros expresaban lástima de cajón. Y algunos la impotencia producto de las ignominias políticas y sociales a las que muchos se han visto abocados.
Ricardito no estudiaba, pero podía leer y escribir. Aún así, para él era una tontería, prefería los videojuegos cuando el tiempo y la liquidez acaecían en su vida. Celebraba con los triunfos de su equipo de fútbol favorito, y en muy contadas ocasiones iba al estadio a alentarlo. Las noticias y el periódico poco le importaban. Las promesas de los políticos lo enriquecían siempre y cuando ellos llegaran con las dádivas temporales en tiempos de campaña. El resto del tiempo, eran unos buenos hijos de puta, corruptos y ladrones, olvidados de "su gente", de "su pueblo".
Ojos cansados, rutina agobiante, ser ya lacerado. Pronto llegaría una tarde funesta donde la adolescencia se hizo cómplice de la ignorancia obsequiada por el olvido y la indiferencia y las drogas serían sus amigas. Donde el crimen para la subsistencia fue su lema, su bandera.

El Cinismo desmesurado

Mauricio miraba alrededor de sí, sin poder percibir claramente todo. Parecía obnubilado, perdido, como si se hallara en otra órbita. Observaba sin observar, parecía estar viendo un punto muerto nada más. Otra masacre, el llanto de las víctimas... los machetazos descuartizadores se oían al fondo, al son de clamores que no serían atendidos.
Era una cruel melodía que tintineaba no en los oídos de Mauricio, sino en su mente, en su corazón. Aún estaba vivo, pensaba a ratos, pero ya consideraba tarde la oportunidad de la reconciliación. Seguía haciendo daño, sufriendo silenciosamente y fingiendo frialdad. Pero era una mierda, al fin y al cabo lo era. Por cobarde, por no detener su funesto proceder, por seguir en lo mismo.
Escuchaba los gemidos de una mujer siendo violada por sus secuaces subalternos. Y simplemente, tomaba los audífonos y seguía escuchando sus vallenatos románticos; otras veces eran canciones de protesta. Tarareaba y repetía las líricas mientras acariciaba su fusil. A la hora de cualquiera de estos actos, hacía cosas similares. En otras ocasiones, recordaba los tiempos de su infancia, siendo hijo acomodado de hacendados.
Un día quiso estudiar y luego, le dio por aprender a disparar la 38 de su amigo Rafael. Luego, la marihuana purificadora y relajante lo llevó a otros lugares. La fornicación constante con distintas mujeres se convirtió en su religión, al son de la ambición por la riqueza. Al principio atracaba a cualquier transeunte, o robaba carros, con sus cuatro compañeros. Luego, desvalijaba casas. Y un día, el narcotráfico fue la catapulta de su éxito personal.
De esa forma, regresó a su pueblo, con amigos poderosos, sembró el caos y el terror. La muerte era su apellido por vocación. Y lloraba silenciosamente, pensando que hacía mal, pero que no podía parar. Era hijo de la avaricia, cegado por la ambición.
El olor a madera quemada y a sangre fresca producto de balazos y machetazos mutiladores era perfume para él. Escuchaba vallenato romántico y canción social, luego con amargura llorando por la noche su tragedia personal.
Mentiroso y farsante, rezando por las noches, pidiendo perdón por sus víctimas. No era bueno, era malo y miserable.
Generoso a ratos, repartía dinero y mercado a los poblanos; armaba bazares y carnavales, tomaba cerveza, ron y aguardiente al son de Darío Gómez y su vallenato infaltable. Otras veces su canción social "porque tiene melodía bonita con la guitarra y esas voces son muy lindas" decía entre carcajadas, ah "y porque la aprendí en la universidad".
Así fue como una tarde navideña, un balazo de un joven subestimado por todos, le atravesó el cráneo y la sangre chorreó por el orificio, mojando los audífonos que seguían sonando y replicando "pan para el pueblo, libertad para todos".

domingo, 30 de noviembre de 2008

La primera vez

El joven Mauricio se disponía a iniciar su vida sexual. No lo podía creer. Su novia le había ofrecido aquella inusual propuesta para una niña de apenas dieciséis años, pero él no la podía perder, a pesar que sus dictados morales se lo reprochaban. En fin, Mauro iba a "perder cachucha" como dicen los jóvenes de hoy. Ya todo estaba planeado. El jueves a las seis de la tarde, en el motel "punto cero" se iba a ejecutar tan "infame acto" como lo pensaba él, pero a su vez iba a dejar de ser el pequeño bisoño, como decían sus amigos.

"El torpe", "El topo", "El cachu" (cachucho), "El morboso", eran algunos de los apodos más generalizados entre sus amigos. Él vivía mortificado por ello. Nunca tuvo oportunidad anterior de desplegar su actividad sexual, la cual apenas se remitía a observar videos de dudosa reputación, y luego de un rato, descargar con furia sus frustrados deseos; luego lamentarse por ello y echarse a dormir un buen rato.

Tanto le significaba a él ese asunto, que soñaba constantemente con sus más frecuentes amigas ejecutando tan hermoso acto, como decía él. Pero a la vez, deleznable, en el fondo, porque nunca sentía amor en esos sueños, sólo un depravado placer que lo corrompía el resto del día luego de despertar y recordar aquellos sueños, de los cuales despertaba un tanto "húmedo".

Respecto al semen, él siempre sentía asco, repugnancia, le parecía algo sucio. Siempre quiso que el orgasmo se perpetuara y nunca tuviera que lidiar con esa "asquerosa materia" que salía de su órgano tan preciado, y tan virginal, como lo recordaba con risa sardónica, porque en el fondo sentía lástima de su propia virginidad.

Respecto a su novia, Sandra, no era lo más puritana de este mundo. Perdió su virginidad a los once años, jugando con sus compañeros a "hacer el amor" en los baños de su colegio. Luego de ello tuvo que abortar, pero nunca le importó. Ella tenía una visión bastante relajada de la vida. Tanto, que sus padres la echaron de su hogar dos años más tarde, luego de encontrarla inconsciente en un bar, por una sobredosis de licor y de eso que Mauricio llamaba con repugnancia "las pepas de la muerte".

Pero ella disfrutaba entre sus placeres. Su vida era muy desdichada, debido a la falta de cariño de parte de su familia, un padre que era pastor en una "Iglesia de garaje". Su familia vivía de engañar a la gente con falsas promesas de un paraíso en el espacio exterior, y le robaba a sus fieles el poco dinero que poseían, con la esperanza de poder construir una nave espacial que los condujera a Saturno, planeta que, a juicio de él, albergaba las infinitas posibilidades de salvación del planeta.

Pero aquél señor era un degenerado. Bebía a cuestas de la Iglesia, violaba a las niñas más jóvenes de su Iglesia, con el pretexto de "iniciarlas" en el culto de su propia invención. Tan degenerado era, que cuando supo de las primeras relaciones sexuales de su hija, la violó incesablemente, y cuando ella amenazó con delatarlo, la expulsó de su hogar. Su madre, por supuesto, no dijo nada. Estaba hace muchos años amenazada de muerte si le dejaba o si delataba la mentira de su Iglesia de cartón, o si le llevaba "la contraria".

En fin, Sandra estaba obligada a brindarle unas cuantas horas de placer a ese muchacho del barrio que decía ser su novio, el cual detestaba por aquella intensidad con la cual él le pedía compañía. Sólo accedía por el dinero que el muchacho tenía, porque podría ser el hombre más feo del mundo, pero estaba forrado en dinero, así lo pensaba ella, y a fin de cuentas, ella también necesitaba algo de sexo, ya que desde hace tres días no lo tenía, y le hacía falta.

Se encontraron en el lugar indicado. Mauricio, todo ilusionado; ella, un tanto indiferente, lo cogió de la mano y lo besó hipócritamente antes de entrar al motel en el cual chocarían dos mundos completamente diferentes, una mente pura pero llena de ansias de algo que le había sido negado durante bastante tiempo; y otra que sólo deseaba placer y dinero; en aquel lugar, él descargaría todos los sueños que tenía con la mujer que amaba, y en el que ella tendría una noche como cualquier otra...

domingo, 16 de noviembre de 2008

La Bien Pagá

Nota: Este escrito fue inspirado por la canción Bien Pagá de Diego el cigala y Bebo Valdés en el álbum Lágrimas Negras.


Esteban estaba recorriendo las calles de Madrid cuando de pronto se internó de manera accidental en una calle oscura, desolada por la ignorancia social de los mismos reyes, yo creo que ni zapatero seria capaz de salvarla, pero el caso no es ese, si, se interno en una calle llena de bares, hombres travestidos, y prostitutas, esteban sabia el peligro que le ocasionaba entrar en esa selva de cemento y es por eso que tomo ese riesgo, iba en su BMW, de color negro , buscando a la bien pagá , así le decían a Maritza, una muchacha que estaba acostumbrada a prostituirse con mafiosos, y creo que por eso le decían la bien pagá. Pero Esteban creo que no iba por lo bien pagá que era Maritza, sino por probar sus besos, sus caricias, porque ella tenia la fama también de dejar satisfechos a sus clientes.

Esteban seguía recorriendo esa selva de cemento cuando tropezó con Maritza, y el pregunta que si es la bien pagá, Maritza responde que si de una manera sensual, Esteban la invita a montarse en su carro y desean irse a unos de los moteles mas exclusivos de la ciudad de Madrid, llamado “el encanto”, ambos salen de la selva de cemento, para internarse en un paraíso sexual, recorren la ciudad, y se encuentran con ellos mismos, en el encanto, y pasan una noche de pasión, era tanta la actividad que sus corazones laten a cien por minuto, sus cuerpos atraviesan una galaxia sexual.

Toda la noche duro la actividad, pero Esteban tenia que regresar a su rutinaria vida, se levanta temprano dejándole una nota a la bien pagá diciendo: “Me voy de tu vera, olvídame ya que he pagado con oro tus carnes morenas”, la bien pagá confundida entre sábanas lee la nota desconsolada, Maritza no sabía que era una galaxia sexual y con Esteban lo había logrado, sabía que era estar bien pagá, pero esta situación no duraría mucho, tocan la puerta de la habitación y un disparo se oye desde lo lejos, claro maritza la bien pagá le habían disparado uno de esos mafiosos que vendría a saldar una cuenta de muerte.

Maldita, pasaste la noche con ese poli, replicaba el mafioso ojala que el diablo te lleve hasta lo mas profundo de los infiernos, y fue esta allí que el mito urbano de la bien pagá queda inpregnado en esa calle oscura y llena de bares y hombres travestidos, nadie ni la mas bonita de las prostitutas llegara a ser la bien pagá.