viernes, 10 de julio de 2009

Noche perdida

Eran las siete de la noche, y mi ilusión crecía con el paso de los minutos, aunque nada novedoso iba a suceder; más bien, iba a encontrarme con la mujer que tanto he querido.

Pronto partía hacia un bar, para departir con ella palabras de cariño, de romance; en pocos minutos bailaríamos al son del reggae, salsa, lo que fuera; todo era una excusa para robarle un poco de su cariño.

El tiempo pasaba al son de las gotas de lluvia que lloraban porque la Luna no se sentía tan querida por el Sol como antes, cuando podían encontrarse ambos juntos y expresarse su eterno amor.

Aquella mujer amada jamás apareció... ahora las nubes lloraban por mi soledad, por mi desplante; nunca antes habían visto a un hombre tan triste por algo que, a fin de cuentas, no valía tanto la pena... la Luna ya no creía en el amor, pero se sentía tan vinculada al Sol, que sin él jamás podría lucirse de ese hermoso traje azul que porta glamorosa entre las nubes frías pero delicadas, como el velo romántico de las noches que antes solía yo pasar con aquella mujer de mis sueños.

Había dejado de llover, pero aún tronaban las nubes, furiosas porque no podían hacer nada por mí... entre tanto estruendo mi resignación crecía como los furiosos torrentes fluidos de las quebradas; ellas también sentían impotencia por no poder calmar tan pasional corazón como el mío.

Terminaba la noche y yo, sentado en un bar, bebiendo desconsolado, recordé que siempre tenía un propósito en la vida, muy superior a encontrarme con esa mujer destinada para desplantarme para siempre; pero yo jamás entendí aquel propósito, y preferí seguir consumiéndome en el delicioso cáncer de mi amada de tres pesos, aquella que siempre estará conmigo, haciéndome humear de placer en todo momento, y en todo lugar...

1 comentario:

andrea dijo...

wow......... te inspiraste