jueves, 18 de septiembre de 2008

Tarde inusual

Hoy paseaba tranquilo por el parque de mi pueblo. El sol alumbraba victorioso a través de un espacio alternado por nubes doradas y aplanadas. Me senté en una banca, en el sector más solitario y lleno de árboles a su vez, tal como lo había acordado con ella. Repentinamente llegó una onda de nerviosismo que se manifestó en los erectos vellos de todo mi cuerpo. Era aquel placer tan doloroso que recorre el cuerpo de un ser enamorado.

Venteaba fuertemente. Me despeiné. Cerré los ojos y me visualicé así, sentado, de espaldas al sol, mientras las hojas secas recorrían el lugar a toda prisa. Mi corazón se aceleró, ya que la misma escena me parecía romántica. Agregué a mi aún amiga sentada a mi lado, buscando mi abrigo y mi cariño. Suspiré apasionadamente...

Abrí los ojos. Era ella. Mi corazón casi podía sentirse desde un metro de distancia. Ella lo supo e intentó reírse. Pero no pudo. Comenzó a llorar silenciosamente mientras se sentaba a mi lado y pedía mi consuelo con su mirada. Por poco lloro, pero por dentro, aún en contra de mi voluntad, sentí un hipócrita triunfalismo, como pretendiendo aprovechar la situación para donarle mi amor. Pero el instinto -y no el raciocinio- me detuvieron. Ella sólo necesitaba un amigo que la apoyara en este cruel momento de soledad, y la abracé fuertemente mientras lamentaba la muerte de su querida madre.

3 comentarios:

Sebastián dijo...

Sensibilidad... brevedad, pero consistencia enorme. Un Muy Buen Relato, que contrasta - a su favor y en detrimento de los dos anteriores (elaborados por mí) - con los dos anteriores, que notablemente han estado desprovistos de calidad, al carecer de cierta esencia en el momento en que fueron creados el autor de ellos, osea yo.

Éxitos, excelente relato.

Flako dijo...

Es curioso... mirá que recreo casi la misma escena en un poema de hace cuatro años: Nuestro amor.

El Primo dijo...

dio dio boludo que esto por dio lo mejor pibe este esta mu bueno pibe segui asiii