viernes, 9 de mayo de 2008

El imbécil

Este es el fragmento de un relato inconcluso que aspiraba a ser novela:

Se levantó un poco mareado, ya que el licor rondaba por sus venas haciendo de las suyas. Apenas pudo reconocer que estaba en casa, volvió a entristecerse, pues recordó que había fracasado una vez más en el amor, pero aún no sabía porqué...

Recuerdo haberlo planeado todo perfectamente, la cita era en la carnicería, oh si, la carnicería... nooo... por qué le dije que allí!”, pensaba mientras recordaba que el ex-novio de su presa trabajaba allí. Había cometido el error de llevarla cerca de su antiguo amante, tan sólo para que ella se reconciliase con él y despreciase a nuestro pobre y esmerado imbécil...

Mientras meditaba esto hacía el mismo desayuno desde que se había ido de su casa: arepa, tostadas y café, leyendo el diario y pensando en sus fallidas estrategias. El pecado de aquél hombre fue ser el menor de una familia de casanovas que sabían mucho del tema que jamás pudo aprender. Jamás supo ser un galán y, aunque tenía un poco de encanto, era garrafalmente torpe para llegar a la “ofensiva final” (si así se le puede llamar) y siempre fracasaba rotundamente.

Su primer síntoma grave de ese déficit ocurrió hace unos cinco años, siendo recién bachiller conoció a una niña de quince años que sentía una profunda pasión por él. Antes del fracaso, él la llamaba “Susy”; después de ello la llama simplemente “La lagarta”. Su único pecado fue la lentitud con la que llevó los hechos a concretarse. Cuando le llevaba la carta comprometedora a su amada Susana, la encontró con un tipo, sí, un tipo. Apenas vio a la Susy, ella le dijo emocionada: “Hola Migue, cómo has estado! Te ves genial... mira, te presento a mi nuevo novio, Juan.”

Miguel sintió aquella noche que su único intento formal de llevar una grata relación, su “glorioso” intento que había logrado hasta esa noche, se había derrumbado. Nuestro imbécil se había chocado contra un gran muro y ahora su corazón estaba en cuidados intensivos. Se había vuelto más callado aún, perdió peso y se arrastró unos meses de bar en bar llorando a su lagarta. Y eso que era joven aún.

Recién universitario sufrió dos fuertes golpes que no quiso relatar, pero se sabe que en el último “estrellón” se sintió tan pisoteado, tan humillado, tan poca cosa que, aunque no quiso beber, sólo hablaba de la desgraciada y, peor aún, la seguía amando, aunque lleno de rencor contra la misma mujer que, para colmo, vería todos los soles de su carrera. Después de eso juró que jamás se volvería a enamorar, promesa que cumplió dentro de la academia, pues por fuera de ella se mantuvo de fracaso en fracaso. Había perdido ya “la vis cómica” desde su fracaso con Susana Contreras y pensó que sólo sería un simple abogado, gris, en una sucia y gris oficina, que jamás sería ascendido y que estaría por siempre condenado a un “arresto domiciliario”, siempre aislado de la sociedad.

Su familia jamás supo de él luego de que se graduarse y, al ver que su amada Sarah no llegaba a la celebración, bebió como loco, se le vio alegre y vivaz, charlando con todos, borracho, bailando... y luego fracasar en su intento de suicidio cinco horas después, al salir el sol. Su familia lo llevó a un hospital pensando que había ocurrido un simple accidente, mientras él pensaba que Dios había sido muy ingrato con él porque no le había vuelto ciego y paralítico, pues a pesar que su intoxicación con alcohol metílico había sido muy severa había salido ileso. Dos meses después partió de casa sin dejar rastro de su motivo.

Miguel Ramírez renegaba porque olvidó comprar mantequilla ayer al comprar su mercado. Tendría que salir y mínimo -pensaba- se encontraría a Salomé, su fracaso de ayer, ella le vería desagradable con su patético cabello despeinado -apenas se había levantado- y se burlaría peor aún...

Pero digamos que nuestro patético amigo tuvo, en cierto modo, suerte. La sentencia ya estaba escrita y claro, pensar en lo malo es pecado, pues se encontró con la susodicha en la tienda, aunque ella no se burló. Lo malo es que estada toda abrazadita con Fernando, “su galán” y Miguel se sintió gravemente humillado. Se limitó rápidamente a comprar la mantequilla y salir corriendo. Ya en este punto, se alcanzó a escuchar la voz de Salomé: “Huy no mijo, miralo tan patético, infantil, tan inmaduro. Viste la cara que puso? Ese pobre necesita una mujer que lo tumbe y lo acomode.”. “Si, ese tipo me da lástima...”, dijo el usurpador ese de Fernando.

Llegó pues, ofuscado, a la casa y sacó la mantequilla. Sacó el cambio... ¿cambio? ¡Ay Dios mío, lo dejé!. Volvió ofuscado para la tienda y don Felipe, el tendero, le dijo “oye, tú por esa mujer un día de estos vas a dejar la cabeza por ahí”, mientras le entregaba la devuelta. Ya con la cólera a punto de estallar, recogió el cambio y volvió a su casa pero había perdido el apetito con tanto vaivén y desaire. Había sido derrotado y además rematado.

Quiso acostarse a escuchar música para que se le pasara la cólera. En sus buenos tiempos Miguel solía escuchar música alegre, vallenato, salsa y tropical, entre muchas cosas. Sus gustos musicales ya eran un obstáculo en su mundo actual, dominado por el reggaeton, que en esos momentos era el baile más decente de los populares, que ni siquiera quisiera mencionarlos para no causar impresión. Pero hoy Miguel estaba escuchando música triste, si, otra vez salsa, vallenato, tropical, pero tristes y deprimentes canciones se agolpaban en los sufridos oidos de nuestro humillado joven. Lejos estaba la época en la que no fracasaba tanto, lejos estaban ya los recuerdos universitarios, cuando estudiaba derecho y se mordía los labios para no enamorarse de la chica nueva de la carrera, Johana, para no tenerse que estrellar otra vez más. Prefería aguantar porque así estaba muy estable y era un brillante estudiante, y por lo menos mantenía suficiente humor para poder vivir con sus cotidianos estrellones afuera de la academia.

Era increíble -pensaba tristemente y calladamente- que sus épocas de adolescencia fueran tan buenas comparadas con las contemporáneas, ahora era un brillante abogado pero era infeliz. Su trabajo y su dinero no podían complacerlo completamente, no por que fuera poco remunerado su trabajo, al contrario, recientemente había defendido a un narcotraficante y ganado mucho dinero y “prestigio” con ese caso. Era un infeliz porque creía que la constante de su vida sería la soledad. Pensaba que no era tan cruel no tener una pareja que lo complaciera y amara, pero además de eso estaba lleno de enemigos ya que siempre se cruzaba con mujeres con novio o con ex-novio en proceso de reconciliación. Él solía creer que habían más hombres que mujeres en el mundo y que éstas siempre conseguían a un hombre -por feas que fuesen- con facilidad meridiana. Ellas podían elegir a su pareja, y las más feas son las más exigentes -pensaba- y por tanto los hombres feos o torpes quedaban condenados al confinamiento en el mundo de los solitarios. Pero Miguel no era feo. No era el “super chimbita” -como suelen decir las jóvenes de la generación de Miguel- pero tenía una mirada muy encantadora que cautivaba a la primera vista, que contrastaba con su mal genio y su inmadurez.

En esta época ya eran pocos los hombres y mujeres que no fueran “chimbitas”, quizá por selección natural, los feos estaban en extinción inminente o en curso.

Lo peor del aislamiento de Miguel es que ya estaba perdiendo la calidez con la que solía tratar a sus colegas cuando empezó a trabajar. Muchos opinan que él le dio prestigio a Abogados Exprés -su lugar de trabajo- pero no lo querían demasiado porque era grosero a menudo cuando se le hablaba. Era muy intolerante ya por lo amargado y quería que las cosas se hiciesen “divúlguese y cúmplase” y no aceptaba opiniones contrarias a las suyas, aunque estuviese equivocado. Todos sus colegas se burlaban de su torpeza y de su mala suerte con las mujeres. Quizá mañana lunes todos lo mirarían como pensando “Uich, míralo como viene después del incidente de la tienda. Definitivamente este tipo es tapao para ese tipo de cosas”, o se reirían delante de él y tendría que expulsar a un trabajador más. Ya muchos se estaban cansando de su malgenio y sus continuos despidos y pensaban en hacerlo relevar por alguien más simpático y menos terco.

Pocas veces se le iluminaba a Miguel la esperanza, porque en realidad jamás la perdía del todo. A ratos pensaba en despertar y dejar huella en su vida, realizarse como abogado de fama internacional y dedicarle tiempo a su últimamente descuidada afición: tocar el piano. Se veía, pues, que el imbécil tenía metas y esperanzas, que a menudo él mismo sepultaba en medio de sus constantes depresiones y momentos humillantes como este.

Hasta aquí llegaron mis ánimos...